martes, 11 de junio de 2013

Un domingo misionero en Brasil: “Estaba toda la gente esperándome”



Después de tres meses en Brasil, Don Orione le escribió al seminarista Domenico Sparpaglione, animándolo a estudiar, rezar y hacer un santo sacerdote. Y junto con esto, le compartió su experiencia en Brasil, mostrándonos su corazón de pastor. 



Mar de España (Brasil), 17 de octubre de 1921.

Mi querido Sparpaglione:

       …Desde el 8 de setiembre predico en portugués; ayer domingo, prediqué varias veces; celebré dos Misas, una aquí y otra a 16 Km. de aquí, en un pueblo donde no hay sacerdote.
       El que era párroco ahora es ya de edad y fue a Río por un tratamiento y no volverá.

Estaba toda la gente esperándome y cuando me vieron aparecer, empezaron a agitar los pañuelos de la alegría. ¡Pobre gente! Estaban esperando toda la mañana. La iglesia es una desolación; me dieron ganas de llorar y sobre el altar juré una vez más al Señor ser un buen sacerdote, viendo la fe grande de ese pueblo abandonado.
 La iglesia estaba llena (“cheia”); cantaron, y yo, al oír esos cantos lloré de amor a Dios y a las almas y de dolor al ver ese pueblo sin sacerdotes que bautizara a sus niños, que consolara a sus enfermos, que bendijera la tumba de sus muertos. Explique el Evangelio, bauticé, hice las proclamas matrimoniales, estuve con sus niños, visité a sus enfermos. Me preguntaron si podrán tener Misa al menos para Todos los Santos y para los difuntos. Espero que podamos ir, yo o alguno de nosotros.
 
 Tenemos seis u ocho caballos y los montamos; los caballos, como los bueyes, no tienen pesebre y andan sueltos por el campo día y noche; pastan por los terrenos de nuestra “chacra”, que son vastísimos.
(...) Estuve en San Pablo y el Arzobispo me pidió que me ocupara de los italianos emigrados a Braz, una parte de la ciudad formada por italianos. Los italianos de San Pablo serán al menos 200.000; es la colonia más numerosa de italianos fuera de nuestra Patria. En Braz los italianos nacen y mueren sin el consuelo de nuestra fe. Espero que la Divina Providencia nos ayude; yo acepté: no podía, no debía decir que no. Sé que también el Santo Padre desea mucho que los italianos de San Pablo, asechados por los protestantes y los espiritistas, no pierdan la fe, y que le escribió al Arzobispo en este sentido.
 
 (...) Queridos hijos míos, aquí, la mies de espigas doradas abunda cada día más y el campo del trabajo, el campo de la caridad, de las almas, se amplía, pero los brazos son pocos. Apúrense a formarse, apúrense a crecer, vengan pronto. Necesito nuevos refuerzos, además de los cuatro que ya pedí al P. Sterpi; necesito al menos dos buenos sacerdotes más para San Pablo y otros dos clérigos ya aptos y seguros. Pido a la Virgen que los mande, pero que sean buenos, piadosos, trabajadores, sacrificados.

Animo, querido Domingo; ánimo, querido Cayetano; ánimo, ustedes los que vinieron de San Remo, a quienes deseo que esta carta les sea enviada como una voz de afecto paterno y de confortación en la perseverancia y a la santidad; ayúdenme al menos con sus oraciones, con su vida santa; sirvan de consolación para el P. Sterpi y de ayuda para los sacerdotes y de ejemplo para los más pequeños de sus hermanos.
       Los bendigo a todos con amor de padre en Jesucristo y en su corazón, espiritualmente, los abrazo y los pongo a cada uno en las manos de la Virgen Ssma. Retribuyo los saludos de Pagella; verdaderamente, esperaba que me escribiera, como así también Del Rosso, Di Pietro y Piccardo. Hasta el día de hoy he recibido pocas, muy pocas cartas y ninguna noticia, aunque ya hace tres meses que salí de allí. ¡Todo sea por mis pecados! Espero que todos estén bien (...).
       Dios esté siempre con ustedes, queridos hijos míos. Les pongo la mano sobre la cabeza, a ti y a Piccinini, y los bendigo con mucho afecto.

Sac. Luis Orione
de la Divina Providencia






martes, 4 de junio de 2013

Si Dios te llama...



Delicada carta de dirección espiritual a un joven que no se decide a consagrarse al Señor. Don Orione lo anima y le da criterios para el discernimiento, citando también autores clásicos. Termina recomendándole: “Si Dios te llama, no seas cobarde, sé generoso con Jesús!”



¡Almas y Almas!

Tortona, 4 de agosto de 1929


Querido hijo en Jesucristo:


¡La gracia de Nuestro Señor esté siempre con nosotros! 

 Recibí tu grata carta.
Seguro que estaré en Roma el miércoles 7 del corriente, en la Iglesia de Todos los Santos, para ir luego por la tarde a Sant’Oreste en el Monte Soratte, para unirme a mis sacerdotes que, desde mañana a la tarde, se reúnen para hacer los Santos Ejercicios Espirituales. Estaré allí ocho días hasta el 14 a la mañana; después estaré en Roma por dos o tres días. Mi dirección es: Monasterio de Santa Cruz en Sant’Oreste, Mte. (Roma).




Refiriéndome a tu carta, ten en cuenta que el Señor nos dio los Consejos Evangélicos para ayudarnos en nuestra tibieza y debilidad; por lo tanto que no te asusten tus miserias: la vida religiosa será de gran ayuda para que vivas en la pureza y la santidad.

Para optar por el estado religioso, no es necesario que tú pidas consejo a uno u otro; Santo Tomás dice que sería una trampa del diablo; no es necesario pedir consejo a los hombres, cuando el consejo está ya dado por Jesucristo.

 

Para entrar a la Vida Religiosa, que evidentemente es bueno, no se necesita ni luz ni consejo, ni es preciso un milagro, basta que Dios te hable interiormente a través de la mente y del corazón. Y en general, Dios llama a la Vida Religiosa, no a quien ya es perfecto, sino a quien, con la ayuda divina y alejándose del caos de este mundo, de los miles de engaños y ocasiones diarias de pecado, desea llegar a serlo.

Te diré más, querido Renzo, si nosotros deseamos con sinceridad salir de nuestras imperfecciones, amar a Dios y a su Iglesia sin medida, y consagrarnos totalmente y con votos, a Jesucristo y a su Vicario en la tierra, es señal de que estamos llamados a la Vida Religiosa.



Reza y encomiéndate a la Ssma. Madre del Buen Consejo: yo reuní a los primeros niños a los pies de la Virgen del Buen Consejo.

Entiendo que tú le harás ver esta carta a tu confesor: en algún punto le parecerá audaz, pero es doctrina pura de Santo Tomás, San Agustín, San Bernardo y San Alfonso.

Hijo mío, si Dios te llama no seas cobarde, prepárate para las batallas del Señor. Dios estará contigo: sé generoso con Jesús!



Te bendigo, tu Don Orione.






“No son Ustedes los que me han elegido a mí, sino que yo los elegí a Ustedes”

(Jn. 15,16)


martes, 28 de mayo de 2013

La estatua de María Auxiliadora del P. Miguel Cattaneo



 La imagen en escayola de María Auxiliadora, que se encuentra a la entrada del Centro Don Orione (Asturias), fue construida por el P. Michele Filippo Cattaneo, capellán del hospital San Antonio Abad y canónigo de la Colegiata de Santa María de Pontecurone (Italia), probablemente en el año 1868. Es decir unos 4 años antes de nacer San Luis Orione en su mismo pueblo. Ese mismo año el 9 de junio se inauguró el Santuario de María Auxiliadora en el barrio de Valdocco en Turín. Con este motivo el P. Miguel regaló a su amigo Don Bosco esta imagen para el nuevo santuario. Es por tanto una de las primeras auxiliadoras veneradas por los salesianos. 
 
El mismo Don Orione nos cuenta una simpática anécdota ocurrida en el traslado de la estatua: Acabada, por tanto, aquella estatua, narra Don Orione, el Canónigo no sabía si trasladarla por tren o con un carro, temía que se rompiese. Para mayor seguridad la colocó cerrada en una caja sobre un carro y se la dio en custodia al sacristán de Pontecurone, un cierto Bautista, y al carretero para que la llevasen a Turín; y él les precedió, probablemente en tren. Los conductores, llegados a un cierto punto, tenían que atravesar un pequeño torrente: pero el puente que conducía al otro lado, se había hundido. A nosotros no nos falta coraje, dijo entonces el carretero; nosotros con nuestros caballos, pasaremos.  Llegados sin embargo hacia la mitad del torrente, los caballos se pararon y la carreta se empezó a hundir cada vez más en la arena. Los dos conductores se encontraron perdidos. Pero en ese momento pensaron en la estatua que transportaban e invocaron a la Virgen. Entonces ocurrió un hecho: se sintieron como elevados y llegaron fácilmente a la otra ribera: y prosiguieron el viaje hasta Turín. En el pueblo después y, especialmente el sacristán, hablaban mucho de este suceso, que no se encuentra registrado en ningún libro. Yo no habría pensado nunca encontrarme con esa estatua; pero, después de dos años en los que oí contar estas cosas, ingresé en Valdocco, con Don Bosco, donde estaba aquella estatua famosa. 


Cuentan que Don Orione le tenía mucha confianza a esta imagen y le decía, que tú eres de mi pueblo. Probablemente ante esta imagen hizo Don Orione sus primeros votos privados y en enero de 1888 estando Don Bosco muy enfermo, junto con otros alumnos, ofreció la vida por su gran bienhechor.



¿Pero quién era el P. Miguel Cattaneo?

 El Capellán del hospital de Pontecurone, el P. Michele Filippo Cattaneo y canónigo de la Colegiata de Santa María, además de su afición a realizar humildes imágenes piadosas que solía regalar a las parroquias del entorno tuvo una influencia importante sobre el pequeño Luis Orione. Empezó a interesarse por Luis desde que éste tenía unos 8 años, teniéndolo con gusto cerca de sí en el tiempo en que la mamá no le necesitaba. Don Orione definía a este piadoso sacerdote como verdadera sal de la tierra, hablando a menudo de él como de quien obtuvo ayuda de todo tipo, especialmente para su formación moral, lo cuenta el P. Sterpi. El P. Miguel tenía por entonces sesenta y cinco años. Vivía en el número 52 de la Vía Maestra, al lado de la casa de los Marchese, donde vivía Luis. 

  Hombre ejemplar, de familia noble y bastante rica, recuerda Don Orione, se había dado de tal manera al ejercicio de la caridad que era el amigo de los pobres, tanto que daba incluso la carne que sus familiares preparaban para él; visitaba siempre a los enfermos del pueblo y especialmente del hospital, les asistía y les ayudaba de cualquier modo. En invierno les ofrecía su cuadra para que se cobijasen. Hizo construir en Pontecurone con su propio dinero algunas casitas que dejaba gratuitamente para que las habitasen familias necesitadas. Mientras él se iba a vivir en casa de otros, pagando el alquiler. Todos en el pueblo tenían por él una grandísima estima. Seguramente con él Luis sintió los primeros gérmenes de la vocación. Tendría ocho o nueve años; y sin embargo tengo todavía en los ojos y en el alma la imagen de aquel Sacerdote.


El P. Miguel murió el 14 de junio de 1886. El joven Orione por entonces enviado a casa por motivos de salud por los padres franciscanos de Voghera, estuvo presente en los funerales. Recuerdo todavía, narra el Santo, que cuando murió el Canónigo Cattaneo yo volvía a casa de los Frailes el día en el que se hacían los funerales; y me parece oír aún todas las campanas de los cuatro campanarios y toda la gente que se invitaba diciendo, vayamos a la sepultura del Canónigo Cattaneo. Su memoria después de cincuenta años perdura aún en el pueblo en bendiciones y se la transmiten de padres a hijos. El Cattaneo fue el último Canónigo que hubo en mi pueblo, un santo canónigo, que llenó de virtudes a los demás. Cuando murió, no tenía absolutamente nada, había dado todo a los pobres, y todo el pueblo, hasta los masones, fueron a su funeral. Yo de niño, viendo a ese Santo Canónigo, decía para mí: ¡Yo seré también como él!



 ¿Cómo llegó la estatua a España?

 Por los años 60, el P. Lorenzo Nicola responsable de la obra de Don Orione en España se la pidió a los salesianos de Turín viendo que la tenían retirada y se la dieron. Quiso llevarla al seminario de Frómista (Palencia), el gran sueño del P. Lorenzo en España. Cuando se cerró el seminario 1997 se la trasladó a esta casa de Posada (Asturias).

  
Para conocer mas sobre el Centro Don Orione de Posada de Llanes (Asturias), visite:
 http://www.orioneasturias.org




* Los datos históricos están tomados de Don Luigi Orione e la Piccola Opera Della Divina Provvidenza Vol.I pág. 165-175.

martes, 21 de mayo de 2013

El P. Nazar y su experiencia en el Cottolengo: "La vida existe"



El P. Francisco Nazar, en un reportaje hecho por Magdalena Ruiz Guiñazú, recordaba como el Cottolengo y el Hno. Marciano Frette, le ayudaron a salir de una crisis de fe y descubrir el sentido del servicio.

Comenzar un nuevo año conlleva una aureola de propósitos que, luego, se cumplan o no, integraron nuestros planes de vida en los que, de pronto, surgen ejemplos de una claridad rectora.

 El padre Francisco Nazar (a quien, en las últimas elecciones, vimos encabezar la oposición al gobernador Insfrán en Formosa) es un hombre que nació en una familia de mucha fortuna, recibió una esmerada educación y, entre sus hermanos, parecía destinado a continuar una tradición familiar de intereses comunes y plácido devenir.
Francisco, en cambio, renunció a todos sus bienes materiales, decidió ser sacerdote, ingresó en la orden de los pasionistas y, entre varias decisiones propias, pasó más de veinte años en la selva junto al pueblo wichi.

—Padre Francisco –interrogamos–, ¿por qué esa opción tan inquebrantable y difícil?
—Bueno... –Nazar busca las palabras–, porque yo aprendí que, en la vida, no todos nacemos en las mismas condiciones y también vi que había muchos desarreglos. Unos, en óptimas condiciones. Otros, careciendo de lo indispensable. Y, entre éstos, pude comprobar un gran sufrimiento. Yo creo que, en la vida, el dolor es un misterio pero me llevó a jugarme por los que sufren. Le doy un ejemplo: cuando me iba a ordenar de cura pedí (antes de la ordenación) pasar un tiempo en el Cottolengo.

Recordamos que el Cottolengo es la obra de Don Orione que se hace cargo de las personas de las que ninguna institución se ocupa.

—Bueno, fui al Cottolengo –prosigue Nazar en un tono neutro– y estuve allí durante un mes de diciembre con la idea de pasar en esa casa Navidad y Año Nuevo. Quería observar de cerca la experiencia del dolor visto desde adentro. Estuve entonces en un pabellón trabajando con un hermano que se llamaba Marciano. Era un tipo que pertenecía a la obra del Cottolengo. Entonces, viendo todo ese dolor y ese sufrimiento, me sobrevino una crisis existencial y también de fe. Para abreviar le diré que, a la semana, hice mi valija para irme y, al mismo tiempo, me dije: “Me voy porque no puedo sostener la idea de que exista un Dios que permita tanto dolor humano, que haya un rechazo general hacia estos seres sufrientes, que se deje a los niños abandonados en la puerta del Cottolengo”. Algo imposible de soportar. Cuadros impresionantes frente a los que uno dice: “No es posible que esto sea verdad”. Me entró una crisis general. Absoluta.

El Hno. Marciano Frette en el Hogar "Santa Ana"
 
Y el padre Francisco lo relata sin levantar la voz:
—Con la valija en la mano me fui a ver al hermano Marciano y le dije: “Mirá, estoy muy mal. No soporto esto. Mi fe y mi vida se han derrumbado. Tengo que empezar de nuevo y ver por dónde va la cosa”. Y el hermano me miraba y me miraba. De pronto, dijo: “Haceme un favor: llevale este plato de comida a Ramón”. Ramón era un defectuoso absoluto. Total. Un chico de alrededor de 20 años pero con un solo detalle normal, que era su cara. No tenía brazos, su cuerpo... Bueno, fui y cuando le di la primera cucharada en la boca me dedicó una enorme sonrisa. Para mí fue la sonrisa de Dios. Y en ese momento recuperé lo que creía perdido. “La vida existe”, me dije. La vida merece ser en la medida en que esté al servicio de los demás. Y desde entonces aprendí eso. Lo descubrí. Y no solamente a través de la Iglesia –explica con sencillez– sino por intermedio de gente extraordinaria como Luther King, Gandhi o Mandela, tipos que me entusiasmaron mucho... Albert Schweitzer (un médico, filósofo y músico que dedicó su vida a los leprosos y fue Premio Nobel de la Paz en 1952). Y ahí pensé –sigue diciendo–: yo me voy a jugar. Quiero entregar mi vida porque Dios me regaló el haber nacido en una maravillosa familia que me dio una buena formación y... ahí me largué y esto me ha hecho muy feliz. Descubrí, además, que en la vida todo está a partir del otro y no a partir de uno mismo. Desde el otro es desde donde realmente crecemos, recibimos, aprendemos. Desde el otro nos hacemos fuertes y podemos hacer nuestra síntesis, y así entregarnos en cuerpo y alma.

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