martes, 2 de julio de 2013

¡Qué vida feliz se vivía en la casa de Don Bosco!





Don Orione recordaba con gran emoción sus tres años en el oratorio de Valdocco junto a Don Bosco, su padre y maestro, como el solía llamarlo.
En Valdocco, no había lugar para la flojera, ni para las comodidades. Pero, Don Bosco estaba con ellos, y todo era felicidad, alegría, piedad, fervor, santidad....

“¡Oh, aquellos salesianos que vivían en tiempos de Don Bosco! ¡Qué espíritu tenían! Conocía a Don Juan Bosco cuando aún daba a sus muchachos cinco centavos para mantenerse; nos daba la cuchara para tener en el bolsillo y se comían en escudillas de plomo… Quiero conseguir aquellas escudillas y con ellas comeremos en las grandes solemnidades: navidad y pascua.


Se dormía en un jergón de hojas de maíz; no había camas como las de ustedes, que son camas modernas; allí se dormía en colchones de hojas de maíz, y para ablandarlas se ponían las manos adentro y se movían las hojas… Los colchones eran duros… ¡pero qué bien se estaña en aquellos colchones!
Se comía en escudillas de plomo que se guardaban una dentro de la otra… tomándola de las orejas y cada uno la lavaba por su cuenta, también en invierno, en el patio.
Una de las sacudidas del terremoto de Taggia (Savona) se produjo mientras limpiábamos las escudillas en el patio (este terremoto se produjo el 23 de febrero de 1887).
 
el joven Luis Orione en Valdocco

Yo servía a la mesa con mi delantal; la cuchara la llevábamos en el bolsillo y cada uno la limpiaba en la fuente; y nos daban una cierta sopa que nosotros llamábamos ‘caldo largo’ y también el ‘caldo espartano’; nos daban pan a voluntad; y una vez por semana, nos daban una lonja de ‘salame’ y dos en las grandes solemnidades…
Como el comedor era en el sótano, como una especie de cantina, y allí había mucha familiaridad… tomando una lonja de salame con los dedos, como si fuera un lente, decíamos: ¡asistente, mire como se ve Superga!... saben que Superga es aquel cerro, cerca de Turín, en el cual se levanta la gran Basílica; y nosotros, alegres, levantábamos la lonja de salame diciendo: -¡se ve la Basílica de Superga!...
Y nos daban también un vaso de vino, que se hacía una hora antes de ir al comedor… y esto después de cuarenta años que Don Bosco había fundado el oratorio… Sin embargo, ¡cómo se estaba bien! Y que hombres salieron de allí!...
Quiero ir al oratorio para ver si me ceden algunas de aquellas escudillas de plomo y después hacemos la propuesta al P. Cremaschi que las entregue por turno a los más distinguidos y en las grandes fiestas… ¡Pienso será un gran gozo comer en la escudilla de plomo de los tiempos de Don Bosco!
¡Y como vivíamos felices y alegres; como estábamos contentos, como éramos felices!... ¡Qué vida feliz se vivía en la casa de Don Bosco! Allí había gozo, serenidad de espíritu, alegría; ¡que corazones contentos! Había una gran armonía entre los superiores y los muchachos; y hemos crecido en el señor… Estábamos todos contentos, muy contentos.
Se hacia la comunión todas las semanas y jugábamos alegres y felices, y, en tiempo de estudio, se estudiaba mucho…

 ¡Pero que hombres salieron de allí!... cuando vayan a Turín, verán la ‘Mole Antonelliana’ y se preguntaran: -¿Quién la hizo? ¡Uno de mis compañeros!... Desde allí salieron generales, grandes ingenieros, monseñores, cardenales, obispos que comían ‘caldo espartano’. ¡Entonces era vida y era fervor la vida del corazón!...
Y hubo pintores famosos, artistas, capitanes marítimos, abogados, escribanos, profesores de universidad; todos egresados en aquellos tiempos, ¿comprenden? ¡Quién sabe si ahora que se come bien saldrán tantos sabios y doctos!...
Y nosotros queríamos a nuestros superiores. ¡A Don Bosco cuanta gratitud!, ¡cuánto agradecimiento le debemos! ¡Me parece que caminaría sobre brazas ardientes para verlo otra vez y agradecerle!... ¡y qué bien se estaba!
Alguna vez el señor permite que algunos de los nuestros vayan a otro lugar y hagan el bien sin quedarse con nosotros. El señor –comprendo- me hizo salir de los frailes y fue una gracia, porque la mano de la divina providencia me hizo encontrar a Don Bosco y a Don Rua y vivir allá donde había un grupo que había vivido en la época heroica de Don Bosco. Ni Don Bosco, ni la congregación salesiana habrían hecho tanto, sin hombres de aquel temple…
¡Hace falta que nosotros tratemos de volver a los tiempos de Don Bosco, con el mismo espíritu, con el mismo fervor! No debe haber ‘marmotas’; ¡el señor no se sirve de los marmotas: el señor no quiere ser servido por marmotas!... (23.3.1923 - 26.11.1932 – 16.2.1934 – 3.1.1939).
Quien hace bien, encuentra bien; quien siembra bendiciones, cosecha bendiciones. El venerable Don Bosco me decía a mí y a los otros muchachos, que se educaban a la sombra del Santuario de María auxiliadora, para el bien de la iglesia y de la sociedad: -¡al final de la vida se recoge el fruto de las buenas obras!-, es decir: ¡quien hace el bien, encuentra el bien!





martes, 25 de junio de 2013

Visitando al Papa junto a Don Orione



Aunque no dirigida directamente a un joven, nos agrada traer aquí esta carta de Don Orione a un amigo bienhechor, a cuyos hijos había acompañado a Roma. Los presentó al Papa y les hizo visitar los monumentos más importantes. Luego, por la noche, mientras ellos descansaban tranquilos, escribe una carta expreso a sus padres para informar los sobre el viaje y el buen desayuno de café con leche con facturas. ¡Alegría y delicadeza de un padre!



“¡Almas y Almas!”

Roma, sábado 12 de julio de1924 (20hs)



Gentilísimo Señor Gambaro:


¡Gracia, consuelo y Paz de Nuestro Señor!


Le escribo mientras sus hijos descansan desde las cuatro y media de la tarde, después de contarle en el telegrama que habían sido recibidos por el Santo Padre, quien les dio a besar su mano, los miró con agrado y los bendijo. Y también bendijo algunos objetos de devoción que Eduardo y Franco llevarán de recuerdo a sus seres queridos. Estaban verdaderamente felices de encontrarse en el Vaticano y delante del Papa, les parecía mentira.


 El viaje fue muy bueno; con nosotros no había más que un señor, que descendió luego en Pisa. De modo que han podido estar muy cómodos y descansar bastante. También se divirtieron.

Llegando a Civitavecchia tomaron café con leche con facturas. Allí nos estaban esperando.

Después de habernos higienizado, me acompañaron en la Santa Misa, luego tomamos el desayuno y nos preparamos para la audiencia que estaba prevista a las 13 hs.


 Antes de ir a ver al Papa se confesaron y visitaron la Basílica de San Pedro; después de la audiencia nos encontramos con Monseñor Migone y con un buen amigo mío que es guardia de honor y estaba de servicio, de modo que los condujo a visitar las Galerías de Rafael y algunas partes del Vaticano. Luego fuimos a nuestra casa central de Vía Appia Nuova 126; necesitábamos descansar. Después de cuatro horas los encontré todavía durmiendo profundamente, y es bueno que descansen. ¿Quién sabe qué estaban soñando?... Vi que los dos tenían la frente serena y estaban contentos ¡que Dios esté siempre con ellos!


Tienen ya las postales, pero no tuvieron todavía tiempo para escribir: lo harán mañana. Será ciertamente un gran recuerdo y una verdadera luz para toda la vida.



Devotísimo servidor en Jesucristo y María Santísima.


Sacerdote Luis Orione de la Divina Providencia





martes, 18 de junio de 2013

Los ojos de Don Orione


Recuerdos del escritor y periodista argentino, Manuel Mujica Láinez sobre Don Orione

      Hace unos meses, cuando regresaba de Europa, conversé a bordo con un sacerdote de la congregación de Don Orione. Me dijo que el proceso de beatificación de ese hombre extraordinario avanza con paso seguro. Ya han sido aprobados todos sus escritos, materia delicadísima en estos procesos. No hay duda de que Don Orione será elevado por la Iglesia al honor de los altares.

          Yo lo conocí en 1935, el año en que fundó en Claypole su Pequeño Cottolengo Argentino. Hacía mucho que estaba en nuestro país, a donde había llegado por primera vez en 1921 y donde había instalado, en Victoria, la casa inicial de la congregación por él creado: la Pequeña Obra de la Divina Providencia. Fuera de ciertos sectores se labor maravillosa se había difundido poco. El reportaje que por encargo de La Nación le hice en 1935 contribuyó a informar a un público vasto acerca de la trascendencia y la originalidad de una obra de hondo sentido cristiano y social. Hoy nadie la ignora, y la admiración justa que suscita se refleja en la importancia de su crecimiento.

     Don Orione me regaló entonces la fotografía que ilustra esta página y en la que cabalga un burrito, como un paisano de su Italia natal. La tengo ante mí, mientras evoco su recuerdo, y vuelvo a ver con nitidez pasmosa, como si no hubieran transcurrido 23 años, al santo varón. Parecía un aldeano, un tosco aldeano de cejas gruesas y áspero pelo. Tenía manos rugosas de cavados y ojos incomparables, negros, que se le metían a uno, haciéndolo sentir como si por dentro lo cavaran. He tratado, en el curso de mi vida, por exigencias profesionales, a bastante gente singular; he conversado con príncipes y con grandes artistas y escritores. Lo he visto pasar a Pío XII por la nave central de San Pedro, en la silla gestatoria, poco antes de su muerte. Y nadie, nadie me ha impresionado tanto como Don Orione. Nunca he captado tan próxima la presencia de lo sobrenatural. Ninguna mirada me ha sondeado como la de sus ojos, tan bondadosos y tan sabios; ninguna mirada ha penetrado de tal manera en mí, ni ha andado así, por los caminos de mi sangre, hacia mi corazón, reprochándome y perdonándome.

Fuente: Revista "Atlántida" año 41, numero 1103, Enero 1959, Buenos Aires.