martes, 8 de septiembre de 2015

Nos has dado, oh maría, hambre y sed de almas



 A días de visitar Itatí y su Santuario (el 29 de junio de 1937), Don Orione escribía estas lineas sobre María. En ellas son una filial oración y un verdadero proyecto de vida cristiana.


¡Ave, María, llena de gracia, intercede por nosotros! Tú has querido servirte de nosotros, miserables, llamándonos misericordiosamente al altísimo privilegio de servir a Cristo en los pobres; has querido que fuéramos servidores, hermanos y padres de los pobres, viviendo de gran fe y totalmente abandonados en la Divina Providencia.

            Nos has dado hambre y sed de almas, ardentísima caridad: ¡almas, almas!

         ¿Qué hubiéramos podido hacer nosotros sin ti? ¿Qué podríamos hacer si Tú no estuvieras con nosotros? Por lo tanto, ¿a quién iremos, si no es a Ti?

            ¿No eres Tú la meridiana luz de caridad? ¿No eres la fuente viva de aceite y de bálsamo? ¿No es en Ti, bendita entre todas las mujeres, donde Dios ha reunido toda la potencia, la bondad y la misericordia? Sí: "En Ti la misericordia, en Ti la piedad, en Ti la magnificencia; en Ti se reúne todo lo que hay de bondad en la criatura". ¡Sí, sí, santa Virgen mía! Tú lo tienes todo y "Tú puedes todo lo que Tú quieres".

            Por lo tanto, desciende y ven a nosotros; corre, oh Madre, porque el tiempo es breve. Ven e infúndenos una profunda vena de vida interior y de espiritualidad. Haz que nuestro corazón arda de amor a Cristo y a Ti.

            Haz que veamos y sirvamos a tu divino Hijo en los hombres; que con humildad, en el silencio y con anhelo incesante conformemos nuestra vida a la vida de Cristo; que lo sirvamos con santa alegría y con gozo espiritual vivamos nuestra parte de la herencia del Señor en el misterio de la Cruz. ¡Vivir, palpitar, morir a los pies de la Cruz o en la Cruz con Cristo!

            Da a tus hijitos, Beatísima Madre, amor, amor; ese amor que no es terreno, que es fuego de caridad y locura de la cruz.

            Amor y veneración al "dulce Cristo en la tierra"; amor y devoción a los Obispos y a la Iglesia; amor a la Patria, así como Dios lo quiere; amor purísimo a los niños, a los huérfanos y a los abandonados; amor al prójimo, particularmente a los hermanos más pobres y que más sufren; amor a los rechazados, a los que son considerados como restos, desechos de la sociedad; amor a los trabajadores más humildes, a los enfermos, a los inhábiles, a los abandonados, a los infelices, a los olvidados; amor y compasión por todos: los más alejados, los más culpables, los más adversos, todos; y amor infinito a Cristo.




            Danos, María, un ánimo grande, un corazón grande y magnánimo, que llegue a todos los dolores y a todas las lágrimas. Haz que seamos verdaderamente como nos quieres: los padres de los pobres.

            Que toda nuestra vida esté consagrada a dar Cristo al pueblo y el pueblo a la Iglesia de Cristo; que ésta arda y resplandezca de Cristo y que se consuma en Cristo, en una luminosa evangelización de los pobres. Que nuestra vida y nuestra muerte sean un cántico dulcísimo de caridad y un holocausto al Señor.

            ¡Y después... después, el santo Paraíso! Cerca tuyo, María, siempre con Jesús, siempre contigo, sentados a tus pies, ¡oh Madre nuestra, en el Paraíso, en el Paraíso!

            Fe y valor: ¡Ave María y adelante! Nuestra celestial Madre nos espera y nos quiere en el Paraíso. Y será pronto.






martes, 25 de agosto de 2015

Presencia y sencillez: Recordando al Hno. Orlando Boggio



             El recuerdo del Hno. Boggio me retrotrae a mi infancia, a mi historia y mis raíces; no solo porque las primeras imágenes que me vienen a la mente son verlo conversando con la gente grande o ayudando en misa, sino también porque somos hijos de la misma comunidad.

 
            Cuando éramos chicos, el Hno. Orlando pasaba mientras jugábamos o hacíamos gimnasia en el Ateneo Don Orione, nos regalaba una estampita, nos contaba algo de la vida de algún santo, alguna anécdota de Don Orione, etc; era para nosotros alguien que nos hablaba de Dios, que nos enseñaba a ser mejores personas y cristianos. Ya más grande, en la Acción Católica, el Hno. Boggio nos acompañaba y nos ayudaba a profundizar en la mística del grupo, de quien había sido presidente, muchas décadas atrás.
            Si tuviera que definir al Hno. Boggio en dos palabras, elegiría: sencillez y presencia. Con su perfil bajo, estaba siempre para escucharnos, darnos una consejo, alentarnos, etc.; muchas veces en silencio, pasando casi desapercibido, pero presente, siempre presente.
            Con la partida de Orlando, perdemos la “memoria viviente de Pompeya”, con su prodigiosa memoria, recordaba a todos los párrocos que pasaron, los hermanos, las actividades que se hacían, la vida del “asilo”, etc. Y lo más importante, nos ponía en contacto con las raíces y las épocas heroicas de la comunidad. Tocábamos con la punta de los dedos la historia de la comunidad, nos sentíamos en el Post escuela jugando con el P. Enrique Contardi, escuchando al P. Dutto dando la catequesis, o sentados en el cine parroquial. El pasado, se hacía presente, y nos calentaba el corazón.

Hno. Boggio con la estampita que le regalo Don Orione
 Entre sus recuerdos siempre estaba presente el paso de Don Orione por Pompeya, quien le había tocado la cabeza cuando era monaguillo y le había regalado una estampita de Don Bosco, la cual hoy se encuentra expuesta en la capilla del Colegio N.S. de la Divina Providencia.
            Una vez nos dijo que cuando trabajaba en el centro, rezaba el rosario mientras que viajaba en colectivo, algo que sin que él lo supiera, copie y me ayudo a crecer en la fe mariana. ¡Las palabras mueven, los ejemplos arrastran!
Su “pastoral de la estampita”, su visita a los enfermos, su don de gente y sus charlas han quedado grabadas en los corazones de la gente de Pompeya. Orlando hacia presente a Dios en nuestras vidas.
            Algo que no quiero olvidar, no pasar por alto, es que Orlando era Pompeya, conocía el barrio, su gente, sus historias, sus alegrías y sus tristezas. Sin olvidar que como el Papa Francisco, era un fanático del futbol.
            Los recuerdos de la niñez, con el tiempo fueron enriqueciéndose con las historias que contaban los mayores. Orlando había tenido un muy buen trabajo como empleado administrativo de la Shell, trabajo que dejo para ir a trabajar al depósito del Cottolengo en Pompeya. Su vida de consagrado e hijo de Don Orione comenzó allí; viviendo los consejos evangélicos y la entrega a Dios antes de hacer los votos.
            Unos meses antes de ingresar, se entero casi de casualidad que yo esta discerniendo mi vocación, y con su discreción propia, me prometió su oración. Cuando hice los votos, mi papá me hizo notar algo, Orlando estaba más contento que yo. “¡Bien, uno de Pompeya!” me dijo. A partir de ahí, Orlando no solo era quien me había hecho crecer en la fe, sino que era mi hermano de congregación. 


            Orlando fue también quien me enseño como ayudar en el altar, con él aprendí a ser monaguillo. Y nunca imagine, que con los años quien me había enseñado, sería quien me ayude cuando celebraba… que sensación rara, mezcla de indignidad y alegría. Como decía mi papá, Orlando estaba más feliz que yo…
            Al despedir al Hno. Boggio, primero, quiero darle gracias a Dios por todo lo que nos regalo en Orlando; y segundo, espero que se vida inspire a muchos jóvenes de dejar todo para seguir al Señor.
            Por eso, querido Orlando, ¡Gracias por tu sencillez, por tu presencia y por hablarnos de Dios! Ahora, que estas junto a tu querido Don Orione, reza por nosotros.

 P. Facundo Mela fdp