martes, 21 de agosto de 2018

Catecismo y Caridad



Publicado en la revista "L'Opera della Divina Provvidenza"; en este escrito de  juventud -tenía 26 años- Don Orione se refiere con entusiasmo al anuncio de la verdad cristiana y al testimonio de la caridad.



La Obra de la Divina Providencia [la congregación] comenzó hace siete años, un día de cuaresma en que yo me puse a enseñarle un poco de Catecismo a un niño que se había escapado de la iglesia y estaba llorando.

Así, ese niño fue más bueno y más cristiano, y hoy que está en el servicio militar, sigue recordando con gusto aquel día tormentoso y feliz al mismo tiempo.

            Y detrás de ése, ¡cuántos otros niños fueron más buenos y más cristianos, por el Catecismo y la gracia de Dios!

            Ah, la eficacia del Catecismo. Hijos míos ¿saben ustedes qué es y qué importancia tiene el Catecismo? Jesús transformó totalmente la sociedad: en las ideas, las costumbres, las leyes, en todo.



            ¿Con qué medio visible? Con uno muy sencillo. Escuchen. Un día llamó en su seguimiento a doce pobres pescadores y, después de haber escrito durante tres años el Catecismo en sus mentes y corazones, les dijo: "Vayan e instruyan a todos los pueblos; y enséñenles lo que yo les he enseñado a ustedes, y que sus sucesores hagan lo mismo hasta el fin de los tiempos".

            Y ellos lo hicieron, y el mundo se convirtió al cristianismo.

            ¿Y qué es lo que hace la Iglesia, hoy? Le entrega a los misioneros  una Cruz y un pequeño libro, el Catecismo, y los envía en medio de los bárbaros y salvajes, y éstos entran de a miles en las pacíficas carpas de la Iglesia.

            Así, con la gracia de Dios y con el Catecismo el mundo se convirtió, y se sigue convirtiendo.

            Así como el Cristianismo nació y se arraigó gracias a la predicación simple y pura del evangelio, o sea con el catecismo, así ahora lo tenemos que conservar y reavivar entre los pueblos.

            ¡Oren, hijos míos! Con la oración de ustedes la doctrina de Jesús volverá a entrar en las familias y las escuelas, como  primer elemento de educación moral, como la enseñanza más necesaria y la base de todo lo demás.

            ¡Padres y madres, recen! Nuestra juventud, principalmente en las ciudades, se está desviando de manera preocupante, ¡pero Dios escuchará la voz de ustedes y tendrá piedad de tantos pobres ilusos! ¡Tendrá piedad de las lágrimas de la Iglesia que, como una nueva Raquel, llora desconsolada la masacre de tantos hijos desviados y miserablemente arrastrados por la impiedad! Hijos de la  Providencia, esparcidos en tantos pueblos, ¿no podrían durante las vacaciones ayudar a los párrocos en la tarea catequística?

            ¿Quieren atraer a la Iglesia el mayor número posible de niños, entusiasmarlos y hacer todo lo posible por instruir en la suavísima doctrina de Jesús las almas de sus compañeros?

            ¿Quieren conocer el secreto para ganarse el afecto de los niños y lograr que los sigan en masa?

El gran secreto es éste: ¡revístanse de la caridad de Jesucristo!

            Para implantar y mantener viva la obra del Catecismo basta una sola cosa: la caridad viviente de Jesucristo.

Si los eligen para el alto privilegio de ayudar al párroco en la enseñanza del Catecismo, pidan al Señor que les dé una gran caridad. Esa caridad paciente y benigna, humilde, amable, que todo lo sufre, todo lo espera, todo lo soporta, y nunca desfallece. [1 Cor 13, 7]

            Llenos de esta caridad, salgan a buscar a los niños que, especialmente los domingos, andan por calles y plazas, y con esa caridad conquistenlos. No se cansen jamás, pasen por alto los defectos, sepan soportarlo y comprenderlo todo.



            Sonrían, tengan una palabra afectuosa y amable para con todos, sin hacer diferencias; hijos míos, háganse todo para todos [1Cor 9,22] para llevar todas las almas a Jesús. Estén dispuestos a dar la vida por un alma ¡mil vidas por una sola alma! Queridos hijos, con la dulzura de Jesús ganarán y conquistarán todos los niños de su pueblo.

            La caridad de Nuestro Señor Crucificado: ¡éste es el secreto, oh almas de mis hijos y de mis hermanos, el arte de atraer y tocar los corazones, y de convertir, iluminar y educar a los niños, esperanza del mañana y delicia del Corazón de Dios!

            ¡Caridad viviente! ¡caridad grande! ¡caridad, siempre! ¡Con caridad lo lograremos todo; sin caridad, nada!

            ¡Ven, caridad santa e inefable de Jesús, triunfa y conquista  los corazones de todos, y enciende  ardientemente mi pobre alma!







martes, 5 de junio de 2018

El café de Don Orione


Don Orione supo hacer del café un momento de confidencia, misericordia y concordia familiar. Así nos cuenta una nota del Boletín de la Congregación:

¡Era proverbial el café de Don Orione!... Era una de las pocas concesiones que Don Orione permitía a su paladar, ya porque le resultaba grandemente eficaz en sus agotamientos físicos y cardíacos y también porque, como él ingenuamente confesaba, le gustaba mucho. A sus visitantes los obsequiaba con una taza de café y hasta a sus queridos hombres que confesaban y comulgaban la noche de la solemnidad de Nuestra Señora de la Guardia en Tortona, los premiaba con una taza de café, que él personalmente les servía y rendía sumamente agradable y sabroso con sus interesantes, alegres y santas conversaciones. ¡En Tortona era famoso el CAFÉ DE DON ORIONE!




Pues bien, estando Don Orione en Buenos Aires, un día se le presenta en la casa de la calle Carlos Pellegrini 1441, una señora que, preocupada le expone como toda la familia estaba amargada y convulsionada por odios y rencillas recíprocas... Se recoge un momento Don Orione, como solía hacerlo cuando era consultado sobre algún tema, y dice a la señora:



- “Vea, señora, haga así. Mañana es la fiesta de... (y le dijo la solemnidad religiosa que ocurría), aproveche Ud. Para invitar a sus parientes distanciados por las divergencias consabidas; prepáreles un buen almuerzo y, al final sírvales un buen café... Yo mañana encomendaré el asunto a Nuestro Señor en la Santa Misa y... ya verá !

- Pero, Don Orione, ¿no será que se vayan a pelear al encontrarse y no resulte el remedio peor que la enfermedad ?...

- Hágame caso, señora, prepáreles un buen café; a mí también me gusta mucho el café, y verá que todo se arreglará!


Así lo hizo la señora, no sin algún recelo. Acudieron los invitados, se sentaron a la misma mesa, pasó el tiempo de la comida en un ambiente de frialdad decepcionantes... Apenas se conversaba de algún argumento indiferente. Llega el momento del café. ¡Se sirve a todos un cafecito exquisito! alguien comenta su bondad, otro dice un chiste, todos intervienen, se anima la conversación de una manera imprevista e inexplicable!... Hasta que todos se sienten conmovidos, emocionados, se piden disculpas recíprocamente, se abrazan, se besan... y retorna la paz y la caridad más sincera en todos!...



Después de catorce años, aquella señora todavía recuerda y bendice “EL CAFÉ DE DON ORIONE”.



Fuente: Boletín “Pequeña Obra de la Divina Providencia” (Argentina), octubre de 1949.



sábado, 31 de marzo de 2018

¡Cristo Resucitó! Abramos Nuestros Horizontes

Desde la Argentina, Don Orione escribe esta carta a sus religiosos y amigos con ocasión de la Pascua de 1935. Texto estupendo en cual la fe de Don Orione estalla en un canto de esperanza y seguridad para una humanidad agobiada y descreída que encuentra en Jesús la resurrección.

¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con El!
Abramos nuestros horizontes,
levantemos nuestro espíritu
a todo lo que representa una vida superior,
a todo lo que sea luz,
belleza, bondad, verdad y santidad!
¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!
¡Cristo ha resucitado! Acudamos a El:
Sólo Él tiene regeneradoras palabras de vida eterna,
y esa ley de amor y libertad,
esperanza de crecimiento y salvación
para todos los hombre, y todos los pueblos.

Hermanos, los pueblos están cansados, desalentados;
sienten que la vida sin Dios
es efímera y vacía.
¿Estamos a las puertas de un gran renacimiento cristiano?
Cristo tiene compasión de las muchedumbres:
¡Cristo quiere resucitar,
quiere volver a ocupar su lugar:
Cristo avanza: el porvenir es de Cristo!


¡Cristo ha resucitado! Veo a Cristo que vuelve:
¡no, no es un fantasma!
¡Es El, el Maestro,
es Jesús que camina
sobre las aguas cenagosas
de este mundo turbulento y sobrecogedor.

¡El futuro es de Cristo!
¡Avanza, avanza, oh divino Resucitado!
La barca de este pobre mundo
hace agua por todas partes,
y se hunde sin Ti:
¡ven, Señor, ven!
¡Resucita en todos los corazones,
en todas las familias:
resucita, Cristo Jesús, resucita
en todas las regiones de la tierra!
¡Escucha el angustioso clamor
de las muchedumbres que te buscan:
mira, Señor, los pueblos que vienen a Ti.
Te pertenecen, Tú los has conquistado,
¡oh Jesús, Amor y Dios mío!


Extiende tus brazos sin fronteras,
oh Iglesia del Dios viviente,
y abraza a los pueblos
en tu luz salvadora.
¡Oh Iglesia verdaderamente católica,
Santa Madre Iglesia de Roma,
única verdadera Iglesia de Cristo,
nacida no para separar,
sino para unir y pacificar
a los hombres en Cristo!
¡Mil veces te bendigo y mil veces te amo!
¡Bebe mi amor y mi vida,
oh Madre de mi Fe y de mi alma!
¡Cómo quisiera hacer un bálsamo
con las lágrimas de mi sangre y de mi amor
para aliviar tus dolores
y derramarlo sobre las llagas de mis hermanos!


miércoles, 14 de marzo de 2018

Las últimas "Buenas Noches" de Don Orione



Ultimo saludo de Don Orione a sus seminaristas el 8 de Marzo de 1940, antes de partir a San Remo donde fue llamado a la casa del Padre.Para los Hijos de la Divina Providencia las “Ultimas buenas noches” de Don Orione, no solo son su testamento espiritual, sino el resumen de su vida.

         Vine a darles las buenas noches... Vine también a saludarlos porque Dios mediante, mañana me ausentará por algún tiempo: por poco, o mucho tiempo, o para siempre, como Dios quiera.
        Nadie sabe y siente más que yo que mi vida - aunque aparentemente y dada la edad, sea aún rozagante - depende de un hilo y que todos los momentos pueden ser los últimos, y que si algo debo  agradecer a Dios, mi agradecimiento puede ser solamente éste: "¡Misericordia Dei quia non sumus consumpti!"... Es pura misericordia del Señor el que esté aquí para hablarles. Por lo tanto, me veo delante y cerca de la muerte como nunca antes la había sentido...


            Quieren enviarme a San Remo porque piensan que allá, esos aires, ese clima, ese sol, ese reposo pueden traer alguna mejoría ala poca vida que me queda. ¡Pero no quiero vivir entre palmas! Y si pudiera expresar un deseo diría que no quiero vivir y morir entre palmas sino entre los pobres que son Jesucristo!
           Por lo tanto hubiera estado mal irme de aquí sin decirles nada; mi corazón rechaza esta idea y quizás también os hubiera hecho mal. Vine a saludarlos, lamentando no poder asistir, pasado mañana, a la primera misa de su hermano que mañana, será ordenado. Pero – como se lo dije a él a solas y luego a los otros, cuando vinieron a verme – aunque no este presente con el cuerpo lo estaré, de una manera superior, ¡con todo mi espíritu! Y mañana será el primero que llevaré al altar, junto a aquel otro hermano su que será ordenado mañana en Roma. Es el primer yugoslavo: Kisilak, a quien hoy escribí y se prepara para partir dentro de veinte días para las Misiones. Partirá el 28, si consigue para entonces el pasaporte... ¡Qué cosa hermosa ascender al altar, recibir la bendición del Papa, correr a saludar a los suyos y luego, si el pasaporte está listo, irse, partir para las Misiones! Y espero que junto con él partan otros, entre los cuales algunos polacos a quienes les he hecho un pedido: que fueran a ocuparse de sus hermanos.
            ¡Tanto amo a los polacos! Los amo desde muchacho, siempre los amé. Cuando estaba en el Oratorio de Turín nos llevaban de paseo y nos decían: “Allá vive un General polaco que vino a ofrecer su sangre por Italia”. Yo, cada vez que pasaba, miraba hacia la ventana y elevaba el corazón al Señor y rezaba por aquel general. Sentía un amor particular por él, que había ofrecido su vida por nuestra querida Italia. Comencé a recoger polacos cuando Polonia era todavía esclava de tres imperios: los alemanes, el Imperio Austro-Húngaro y los rusos. No esperé que Polonia fuera libre para abrir nuestras casas a los polacos. Y nunca sentí tanto amor a los polacos como lo siento ahora, nunca sentí tanto dolor como en aquellos días, en que la pobre Polonia fue bárbaramente desmembrada; nunca sentí tanta pena como cuando Italia no hizo nada por Polonia, mientras centenares, millares de polacos sacrificaron su vida por la independencia de Italia. ¡Y ustedes, queridos clérigos italianos, recuerden estas palabras y amen a los polacos! ¡Amen siempre a estos pobres hermanos! No pretendan que no tengan defectos para poder amarlos; ¡no existe nadie sin defectos! ¡Amen a los que lloran, a los que sufre! Dice la Sagrada Escritura: “Irás más gustoso a la casa del dolor y del llanto que a la del regocijo y del triunfo” (Qoh. 7,2)
            Vine, pues, a darles las buenas noche. ¡Podría muy bien ser la última!... ¡Pero nada debe resultarnos más grato que cumplir, en nosotros, la voluntad del Señor! También ustedes deben desear vivir siempre en la presencia del Señor, deben desear siempre la voluntad de Dios. ¡Nada debe resultarles más grato que cumplir la voluntad de Dios! Este es el recuerdo que nos dejó en la última audiencia Pío X, nuestro Papa, el Papa que nos dio la primera casa en roma, en Monte Mario. Es el Papa que está por ser elevado a los honores de los altares, es el Papa que recibió en sus manos mis votos perpetuos: (...) ¡los votos perpetuos de quien, indignamente, es el Fundador de esta obra, otorgándole, al mismo tiempo, todas las facultades para hacer ordenar a sus clérigos! Todo esto se lo digo para alentarlos, para que amen aún más a la Santa Iglesia.
            Queridos hijos, vine a darles las buenas noches: ¡podría ser la última! Les pido que sean y vivan siempre humildes y pequeños a los pies de la Iglesia, como niños, con plena adhesión de mente, de corazón y de obras, con abandono total a los pies de los Obispos de la Iglesia. Y no les digo del Papa, porque cuando se dice de los Obispos, se dice “a fortiori” del Papa, que es el Obispo de los obispos, el dulce Cristo en la tierra.
            Traten de amar siempre al Señor, caminen por el sendero del Señor, no deseen nada más que vivir de acuerdo a las leyes de Dios, según su vocación, cumpliendo no sólo aquello que es la ley de Dios, los Mandamientos de Dios, sino también los consejos de perfección, los votos religiosos, con los cuales se han ligado a la Iglesia y a la Congregación.
            ¡La primera gran Madre es María Santísima!
            ¡La segunda madre es la Santa Iglesia!
            ¡La tercera, pequeña pero también gran madre es nuestra Congregación!
          ¡Pertenezcan totalmente a María Santísima, pertenezcan a la Iglesia por completo! Amen mucho al Señor; sean devotísimos de la Virgen; eviten a cualquier costo, a costa de cualquier sacrificio, el pecado, todos los pecados. ¡La muerte antes que el pecado!, decía Domingo Savio. En estas palabras del más amado discípulo de Don Bosco, está encerrado cuanto el Señor quiere de mí y de ustedes...
            ¡Adiós, entonces, queridos hijos! (Se detiene un instante, inclina la cabeza y, apoyándose en la balaustrada, llora conmovido). Recen por mí y yo los llevaré a todos al altar y rezaré por ustedes...
            Buenas noches.

Don Orione antes de de subir al tren que los llevaría a San Remo el 9 de Marzo de 1940