miércoles, 14 de marzo de 2018

Las últimas "Buenas Noches" de Don Orione



Ultimo saludo de Don Orione a sus seminaristas el 8 de Marzo de 1940, antes de partir a San Remo donde fue llamado a la casa del Padre.Para los Hijos de la Divina Providencia las “Ultimas buenas noches” de Don Orione, no solo son su testamento espiritual, sino el resumen de su vida.

         Vine a darles las buenas noches... Vine también a saludarlos porque Dios mediante, mañana me ausentará por algún tiempo: por poco, o mucho tiempo, o para siempre, como Dios quiera.
        Nadie sabe y siente más que yo que mi vida - aunque aparentemente y dada la edad, sea aún rozagante - depende de un hilo y que todos los momentos pueden ser los últimos, y que si algo debo  agradecer a Dios, mi agradecimiento puede ser solamente éste: "¡Misericordia Dei quia non sumus consumpti!"... Es pura misericordia del Señor el que esté aquí para hablarles. Por lo tanto, me veo delante y cerca de la muerte como nunca antes la había sentido...


            Quieren enviarme a San Remo porque piensan que allá, esos aires, ese clima, ese sol, ese reposo pueden traer alguna mejoría ala poca vida que me queda. ¡Pero no quiero vivir entre palmas! Y si pudiera expresar un deseo diría que no quiero vivir y morir entre palmas sino entre los pobres que son Jesucristo!
           Por lo tanto hubiera estado mal irme de aquí sin decirles nada; mi corazón rechaza esta idea y quizás también os hubiera hecho mal. Vine a saludarlos, lamentando no poder asistir, pasado mañana, a la primera misa de su hermano que mañana, será ordenado. Pero – como se lo dije a él a solas y luego a los otros, cuando vinieron a verme – aunque no este presente con el cuerpo lo estaré, de una manera superior, ¡con todo mi espíritu! Y mañana será el primero que llevaré al altar, junto a aquel otro hermano su que será ordenado mañana en Roma. Es el primer yugoslavo: Kisilak, a quien hoy escribí y se prepara para partir dentro de veinte días para las Misiones. Partirá el 28, si consigue para entonces el pasaporte... ¡Qué cosa hermosa ascender al altar, recibir la bendición del Papa, correr a saludar a los suyos y luego, si el pasaporte está listo, irse, partir para las Misiones! Y espero que junto con él partan otros, entre los cuales algunos polacos a quienes les he hecho un pedido: que fueran a ocuparse de sus hermanos.
            ¡Tanto amo a los polacos! Los amo desde muchacho, siempre los amé. Cuando estaba en el Oratorio de Turín nos llevaban de paseo y nos decían: “Allá vive un General polaco que vino a ofrecer su sangre por Italia”. Yo, cada vez que pasaba, miraba hacia la ventana y elevaba el corazón al Señor y rezaba por aquel general. Sentía un amor particular por él, que había ofrecido su vida por nuestra querida Italia. Comencé a recoger polacos cuando Polonia era todavía esclava de tres imperios: los alemanes, el Imperio Austro-Húngaro y los rusos. No esperé que Polonia fuera libre para abrir nuestras casas a los polacos. Y nunca sentí tanto amor a los polacos como lo siento ahora, nunca sentí tanto dolor como en aquellos días, en que la pobre Polonia fue bárbaramente desmembrada; nunca sentí tanta pena como cuando Italia no hizo nada por Polonia, mientras centenares, millares de polacos sacrificaron su vida por la independencia de Italia. ¡Y ustedes, queridos clérigos italianos, recuerden estas palabras y amen a los polacos! ¡Amen siempre a estos pobres hermanos! No pretendan que no tengan defectos para poder amarlos; ¡no existe nadie sin defectos! ¡Amen a los que lloran, a los que sufre! Dice la Sagrada Escritura: “Irás más gustoso a la casa del dolor y del llanto que a la del regocijo y del triunfo” (Qoh. 7,2)
            Vine, pues, a darles las buenas noche. ¡Podría muy bien ser la última!... ¡Pero nada debe resultarnos más grato que cumplir, en nosotros, la voluntad del Señor! También ustedes deben desear vivir siempre en la presencia del Señor, deben desear siempre la voluntad de Dios. ¡Nada debe resultarles más grato que cumplir la voluntad de Dios! Este es el recuerdo que nos dejó en la última audiencia Pío X, nuestro Papa, el Papa que nos dio la primera casa en roma, en Monte Mario. Es el Papa que está por ser elevado a los honores de los altares, es el Papa que recibió en sus manos mis votos perpetuos: (...) ¡los votos perpetuos de quien, indignamente, es el Fundador de esta obra, otorgándole, al mismo tiempo, todas las facultades para hacer ordenar a sus clérigos! Todo esto se lo digo para alentarlos, para que amen aún más a la Santa Iglesia.
            Queridos hijos, vine a darles las buenas noches: ¡podría ser la última! Les pido que sean y vivan siempre humildes y pequeños a los pies de la Iglesia, como niños, con plena adhesión de mente, de corazón y de obras, con abandono total a los pies de los Obispos de la Iglesia. Y no les digo del Papa, porque cuando se dice de los Obispos, se dice “a fortiori” del Papa, que es el Obispo de los obispos, el dulce Cristo en la tierra.
            Traten de amar siempre al Señor, caminen por el sendero del Señor, no deseen nada más que vivir de acuerdo a las leyes de Dios, según su vocación, cumpliendo no sólo aquello que es la ley de Dios, los Mandamientos de Dios, sino también los consejos de perfección, los votos religiosos, con los cuales se han ligado a la Iglesia y a la Congregación.
            ¡La primera gran Madre es María Santísima!
            ¡La segunda madre es la Santa Iglesia!
            ¡La tercera, pequeña pero también gran madre es nuestra Congregación!
          ¡Pertenezcan totalmente a María Santísima, pertenezcan a la Iglesia por completo! Amen mucho al Señor; sean devotísimos de la Virgen; eviten a cualquier costo, a costa de cualquier sacrificio, el pecado, todos los pecados. ¡La muerte antes que el pecado!, decía Domingo Savio. En estas palabras del más amado discípulo de Don Bosco, está encerrado cuanto el Señor quiere de mí y de ustedes...
            ¡Adiós, entonces, queridos hijos! (Se detiene un instante, inclina la cabeza y, apoyándose en la balaustrada, llora conmovido). Recen por mí y yo los llevaré a todos al altar y rezaré por ustedes...
            Buenas noches.

Don Orione antes de de subir al tren que los llevaría a San Remo el 9 de Marzo de 1940


sábado, 23 de diciembre de 2017

Quien Pasa y Quien Queda


Había una vez un rey, un rey potente y prepotente, quien, a la cabeza de las hordas mongólicas, salió de los confines del reino y entró en los países vecinos, pasando a hierro y fuego aldeas y ciudades y llevando consigo esclavos a los pobladores que su masacre no había podido masacrar; ante su presencia, huían hasta las bestias; tras él no dejaba más que sangre, ruinas y muerte.
Hizo esculpir sus gestas en las rocas de los montes, para que su nombre y fama infundieran terror también a las generaciones por venir. Cuando sintió que se aproximaba a su fin, se hizo construir un gran mausoleo, destinado a ser su tumba eterna; las piedras eran colosales, verdaderos bloques de durísimo pedernal, excavados en el seno de montañas gigantes. Quiso que su cuerpo fuera embalsamado con esencias preciosas, para que la muerte no lo tocase; los siglos lo debían ver pasar inalterado, invulnerable también ante la muerte. Ordenó además que en el puño le pusieran su daga y en el brazo el escudo y que le calaran la visera sobre la frente soberbia y fiera, terrible y espantoso aun muerto.

 Pero su nombre no perdura entre nosotros más que en algún diccionario, en los viejos y polvorientos libros de historia, papeles inútiles para nuestros estudiantes.
Quien lee su nombre, si por casualidad lo encuentra, se pregunta, como se preguntaba el Don Abbondio manzoniano de Carnéades: ¿quién era éste? Su nombre ya no vive entre nosotros: ¡Gengis khan! Aunque oigamos hablar de él, uno de los más grandes conquistadores del mundo, nuestro rostro no se ilumina y nuestro corazón no late.

Las lluvias y las intemperies han destruído hasta la última piedra de su monumento, y los más tenaces arqueólogos han buscado en vano entre las ruinas la tumba ya inexistente del terrible mongol.
La arena del desierto ha borrado sus rostros y el ala vengadora del tiempo ha destruido su nombre, si bien estuvo gravado en la piedra viva de aquellos mundos que vieron pasar al triunfador, que oyeron retumbar los valles a los gritos de sus asaltos salvajes y la tierra temblar y gemir bajo el pie de su elefante.
Pero una vez hubo otro rey, un rey suave y más que rey y señor, padre dulce de su pueblo. No tenía soldados y no los quiso tener nunca. No derramó la sangre de nadie, no quemó la casa de nadie. No quiso que su nombre estuviera grabado en las rocas de los montes sino en el corazón de los hombres. Un rey que no hizo mal a nadie y sí bien a todos, como la luz del sol que da sobre los buenos y sobre los malos. Extendió la mano a los pecadores, fue a su encuentro, se sentó y comió con ellos, para inspirarles confianza, para rescatarlos de sus pasiones, de los vicios y, una vez rehabilitados, encaminarlos hacia la vida honesta, el bien, la virtud.
Pasó dulcemente la mano sobre la frente febril de los enfermos y los sanó de toda debilidad. Tocó los ojos de los ciegos de nacimiento y éstos vieron, ¡y vieron en él al Señor!
Tocó los labios de los mudos, y hablaron ¡y bendijeron en él al Señor! A los sordos les dijo: "¡Oíd!" y oyeron; a los leprosos y a los desechos de la sociedad les dijo: "iQuiero limpiarlos!" y la lepra cayó como escamas y quedaron limpios. Llevó al tugurio la luz del consuelo y evangelizó a los pobres, viviendo en el pueblo más mísero de Palestina.

No buscó entre los grandes a quien lo siguiera ni exaltó a los potentes de la inteligencia, del brazo o de la riqueza, sino a los humildes y a los pobrecitos, paupérrimo también él. "Los zorros tienen su cueva y los pájaros el nido, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde posar su cabeza". Vivía frugalmente, habituando a sus seguidores a la disciplina de la mortificación, de la oración, del trabajo, para fortalecerlos en la vida del espíritu. Se mortificó, rezó, trabajó largamente, santificando así, con sus manos y con su vida, el trabajo.
De aspecto simple, amaba la pureza, reacia a cualquier adorno; era tal la santidad de su vida y de su doctrina, que hubiera bastado para demostrar que era el enviado de Dios. Sus ojos y su frente estaban iluminados por tanta beatitud celestial que ninguna persona honesta podía sentirse infeliz después de haber visto su rostro.
A quien le preguntaba cómo había que vivir, respondía: "Amad a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a vosotros mismos; desprendeos de lo superfluo para darlo a los pobres y si queréis ser perfectos renegad de vosotros mismos, abrazad vuestra cruz y venid, ¡seguidme!"
A la muchedumbre que lo rodeaba para escucharlo o porque una estupenda virtud curativa emanaba de El, le decía palabras de sobrehumana dulzura y de vida eterna: "Os doy un nuevo mandamiento: amaos recíprocamente en el Señor y haced el bien a quien os hace el mal".

De los niños dijo que sus ángeles ven siempre el rostro de Dios y que será bienaventurado aquél que sea siempre niño en su corazón, que sea puro como los niños. Bendijo la inocencia y amó a los niños con un amor altísimo y divino, tanto que gritó, si bien nunca alzaba la voz: "¡Ay de aquellos que escandalicen a los inocentes...!"
Multiplicó el pan, pero no para sí sino para las muchedumbres. No hizo llorar a nadie; lloró El por todos, y lloró sangre. Secó las lágrimas de muchos y de muchas almas perdidas.
Dijo a los cadáveres: "¡Levantaos!" y a esa voz omnipotente la muerte fue vencida, los muertos resucitaron a nueva vida. Tenía para todos una palabra de perdón y de paz; a todos infundió un soplo de caridad restauradora, un rayo vivificante de luz, superior, divina.
Inicuamente perseguido y traicionado, aun en la cruz invocó del Padre celestial, con gran voz, el perdón para los bárbaros que lo habían crucificado. El, que había hecho volver a poner la espada de Pedro en la vaina, que no había derramado la sangre de nadie, quiso dar toda su sangre divina y su vida por los hombres, sin distinción de judío, de griego, de romano o de bárbaro: ¡verdadero rey de paz, Dios, Padre, Redentor de todos!

Quiso morir con los brazos abiertos, entre el cielo y la tierra, llamando a todos "ángeles y hombres" a su Corazón abierto, desgarrado, anhelando abrazar y salvar en ese Corazón divino a todos, todos, todos: ¡Dios, Padre, Redentor de todo y de todos!
No, Jesús no quiso construir un monumento fúnebre, como Gengis Khan, como los antiguos reyes; sin embargo, por todas partes se ve levantarse al cielo, en las grandes ciudades y en los pequeños pueblos, una casa consagrada a su memoria; aun allí donde no hay moradas humanas, en las nieves eternas, se alza la capilla "tal vez una pobre choza muy parecida a la gruta de Belén", y sobre ella, solitaria, hay una Cruz que recuerda la obra de amor y de inmolación de Jesucristo Nuestro Señor. ¡Esa Cruz habla a los corazones del Evangelio, de la paz, de la misericordia de Dios hacia los hombres...!
¡No me vencieron sus milagros ni su resurrección, sino su Caridad, esa Caridad que ha vencido al mundo!
Hoy, en el mundo entero, se celebra la "Navidad", la "Sagrada Noche" del "nacimiento de Jesús". Y en todas partes hay una alegría serena, una gran, universal alegría.
Es la dulzura de Dios que se hace sentir, es la santa potencia de la bondad del Señor, que es más grande, ¡oh, sí! mucho más grande y duradera que el ruido de todas las batallas de este mundo, de todos los conquistadores de esta pobre tierra.
La bondad del Señor nos atrae sacándonos de entre los áridos y dolorosos extravíos de la vida; la celeste claridad de esta mística noche santa de Navidad atrae hasta a las almas más alejadas "caminantes extraviados o desfallecientes", como atrae la claridad de la casa paterna en el bosque oscuro. ¡Oh, divina luz del Niño Jesús! ¡Ah, suave y santa bondad de Dios y de la Iglesia de Dios!
Hermanos, seamos buenos con la bondad del Señor y de esa manera no temáis nunca que vuestra obra se pierda: toda palabra buena es soplo de Dios; todo santo y gran amor de Dios y de los hombres es inmortal.
La bondad vence siempre; a ella se le rinde un culto secreto aun en los corazones más fríos, más solitarios, más lejanos. El amor vence al odio; el bien vence al mal; la luz vence a las tinieblas. Todo el odio, todo el mal, todas las tinieblas de este mundo, ¿qué son ante la luz de esta noche de Navidad? ¡Nada! ¡Delante de Jesús, y de Jesús Niño, son realmente nada!

            ¡Reconfortémonos y exultemos en el Señor! La efusión del Corazón de Dios no se pierde por los males de la tierra, y el último en vencer es El, será el Señor. ¡Y el Señor vence siempre con la misericordia!
El que vence de otra manera pasa y no se habla más de él. Pasan los reyes, pasan los conquistadores de la tierra, caen las ciudades, caen los reinos; polvo y hierba cubren el fausto y las grandezas de los hombres y los vientos y las lluvias destruyen los monumentos de sus civilizaciones. "...Los bueyes, en las urnas de los héroes, pagan la sed", cantó Zanella.
Todo pasa, sólo Cristo permanece. Es Dios, y permanece. Permanece para iluminarnos, para consolarnos, para darnos con su vida su misericordia. ¡Jesús permanece y vence, pero con la misericordia!
¡Bendito sea eternamente tu nombre, oh Jesús!  
Sac. Orione d.D.P. 

De un saludo natalicio a los benefactores. Navidad 1920

miércoles, 22 de noviembre de 2017

El Juicio Universal (Mt 25,31-46) en clave de Cottolengo:



Reflexión de Don Orione sobre Mt 25,31-46, leído en clave de Cottolengo:



Y cuando el Señor diga que deberán ser separados los buenos de los malos, aquellos desdichados que fueron despreciados, sentirán que su lugar es a la derecha. Cuando Jesús diga: “Vengan, oh benditos, a tomar el premio que les fue preparado desde el inicio de la constitución del mundo”- esto escucharan por ser los benditos. El mundo los consideraba, no digo maldito; pero casi no los creía dignos de formar parte de la humanidad.




Y escucharan a Jesús que dirá: “Tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, estaba desnudo y me vistieron, era forastero, estuve enfermo, preso y viniste a visitarme”.

Estos, los del Cottolengo, se miraran alrededor. Pero cuando Cristo diga: “Vengan, benditos, reciban el premio”, los elegidos, los benefactores de los pobres, los que ejercieron la caridad, los que tuvieron entrañas de misericordia con los desdichados, responderán: “Pero, ¿Cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer? ¿Sediento y te dimos de beber? ¿Huérfano, enfermo y te consolamos? 



Los del Cottolengo callaran. Cuando Jesús diga: “Todo lo que hicieron a estos pobres, a estos desdichados me lo hicieron a mi”. Entonces los repudiados del mundo, los descartados, los desechados se alegraran con un gozo inmenso de beatitud porque entenderán que se asemejaron a Jesucristo.

Buscaran entonces entre el esplendor de los Santos la figura de un cura, un pobre cura, “el Ángel”, el “Canónico Bueno”, un cura que rezaba el Oficio y se confundía la palabra caridad: todas las palabras y las oraciones que decía se compendiaban en un expresión sola: “Caridad”; todos sus pasos eran sobre un único sendero, el de la caridad, todas las acciones que hacía, eran un canto a la Caridad. 



¡Oh! Entonces todos aquellos que sufren de alguna discapacidad, física o mental, cantaran el cantico de la Caridad, el cantico más alto y más bello que los hombres cantar en la tierra y los santos ángeles cantan en el cielo.




Palabras pronunciadas en el 4 de junio de 1939, durante la misa solemne de la Fiesta Patronal de San José Benito Cottolengo en Restocco (Milán). La Parola X, 223-224.


miércoles, 25 de octubre de 2017

Un corazón sin fronteras



Extracto de la carta del P. Tarcisio Vieira “Volver a despertar el corazón”

Un corazón sin fronteras

Al icono evangélico de Naín podría corresponder, para nosotros, el icono orionita del episodio de la confesión del que había envenenado a su madre. Cierto, no es fácil seleccionar en la vida de Don Orione - vista la abundancia - un único hecho para demostrar su “corazón siempre despierto”, “siempre inclinado” hacia las necesidades del prójimo, o para identificar “la serena ternura de su mirada”, como escribía Ignazio Silone. Sin embargo, el encuentro con el matricida arrepentido en la carretera, que va de Castelnuovo a Tortona, se ha vuelto el símbolo clásico.

La historia, contada varias veces por Don Orione, es bien conocida y sucedió después de la ardiente predicación de una misión en Castelnuovo. “Una tarde hablé de la confesión”, cuenta Don Orione. “Entonces - nunca lo había pensado antes - el Señor me puso en los labios este pensamiento: Mire - dije - la misericordia de Dios es tan grande que aunque alguno de ustedes hubiera puesto veneno en la taza de su madre, si está arrepentido,  hay misericordia también para él. Confesé hasta la una de la madrugada. Estaba muy cansado (...) Salí de Castelnuovo para volver a pie a Tortona (…) A cierto punto del camino vi una sombra negra, un hombre envuelto en una capa, parado, mirando hacia mí (...) Cuando estaba cerca de él: Buenas noches, buen hombre; ¿Viene a Tortona? - No, lo esperaba a usted... - Diga... - Escuche bien: ¿usted predicó que si uno hubiese puesto veneno en la taza de su madre, hay misericordia también para él? - Sí - ¿Usted cree realmente lo que dijo? Sí, hijo mío, lo dije y lo creo - Escuche, soy yo, ¿sabe? Ese soy yo" (Parola XI, 234-235). “Se arrodilló y después se confesó llorando y le di la absolución; luego se levantó y me abrazaba y me apretaba, siempre llorando, y no conseguía separarse de mí, tanto era el consuelo que lo inundaba. Yo también lloré y lo besé en la frente y mis lágrimas se confundieron con las suyas. Quiso acompañarme casi hasta Tortona y, sólo por mi insistencia, finalmente, regresó, y continué mi camino con un gran consuelo, con una alegría en el corazón como jamás había experimentado en mi vida (...) Llegué a Tortona todo mojado; esa noche me quité los zapatos y me tiré en la cama, y ​​soñé... ¿Qué cosa soñé? Soñé el Corazón de Jesucristo; sentí el Corazón de Dios, ¡qué grande es la misericordia de Dios!” (Don Luigi Orione e la Piccola Opera della Divina Provvidenza V. III, 124).


Siguiendo el ejemplo de Cristo, la “calle” es también para Don Orione, el lugar de las “sorpresas de Dios”, el lugar de los “encuentros” y de la “salvación” reencontrada, el lugar donde el “corazón muerto” de un pecador revive a causa de la acogida de un “corazón lleno de Dios”.

¡Es totalmente “providencial” este encuentro, divinamente providencial! De hecho, es la Divina Providencia que le da cita al santo y al pecador al borde del camino. Y así, en Don Orione, se realizó “la unidad de los extremos”, un milagro que sólo la misericordia divina podría cumplir: “la persona [de Don Orione] era el 'lugar' del encuentro entre Dios misericordioso y el alma de un pecador” (Paolo Clerici, Don Orione un rostro misericordioso de la Misericordia de Dios).

Parece casi obvio -dada la evidente coincidencia- decir que Don Orione reunía en sí el dinamismo y el estilo que el Papa Francisco nos pide hoy. Pero fue el mismo Papa Francisco quien recientemente se acercó a nuestro Fundador, citando su nombre en un discurso al clero y a los consagrados de la Diócesis de Génova durante la Visita Pastoral. Era el 27 de mayo de 2017. Al presentar los criterios “para vivir una intensa vida espiritual”  (era la pregunta de un sacerdote diocesano), el Papa culminó la conversación con una expresión de nuestro Fundador que marca el estilo de vida, el dinamismo que mantiene el corazón constantemente despierto. Casi como una “exégesis” del episodio del matricida.


La respuesta del Papa Francisco es larga, al ritmo de sus pausas de silencio, en la que subraya conceptos y palabras claves, utilizando imágenes y ejemplos de la vida cotidiana. El criterio fundamental para “vivir una intensa vida espiritual” -dice ya de partida con claridad- es “imitar el estilo de Jesús”. ¿Y cómo era ese estilo? - se pregunta el Papa - “La mayor parte del tiempo, Jesús lo pasaba por la calle. Esto significa cercanía a la gente, cercanía a los problemas. No se escondía. Después, al anochecer, muchas veces se escondía para rezar, para estar con el Padre”. Este es el dinamismo equilibrado del  “corazón siempre despierto”: Mantener la armonía entre el “no esconderse de la gente” y “el esconderse para la oración”. Estar “siempre en camino”, como Jesús, supone el riesgo de estar “expuesto a la dispersión, a quedar quebrantado”. Pero, advierte el Papa: “No hemos de temer el movimiento y la dispersión de nuestro tiempo. El miedo más grande en el que tenemos que pensar es el de una vida estática (...) Yo tengo miedo del [religioso] estático. Tengo miedo (...) El [religioso] que tiene todo planificado, todo estructurado, generalmente está cerrado a las sorpresas de Dios y pierde esa alegría de la sorpresa del encuentro. El Señor te toma cuando no te lo esperas”. Por tanto, “El primer criterio es no tenerle miedo a esta tensión que nos toca vivir: nosotros estamos en la calle, el mundo es así (...) Un corazón que ama, que se entrega, siempre va a vivir así”.

Otro criterio, siempre según el Papa, es plantear la vida bajo la perspectiva del encuentro: “Tú, [religioso], te encuentras con Dios, con el Padre, con Jesús en la Eucaristía, con los fieles: te encuentras (...) Estás en silencio [delante del Señor], escuchas lo que dice, lo que te hace sentir... Encuentro. Y con la gente lo mismo (...) dejar que la gente te canse; no defender demasiado tu propia tranquilidad” concluye mencionando a nuestro Fundador: “el [religioso] que lleva una vida de encuentro con el Señor en la oración y con la gente hasta el final del día, es 'desgastado', San Luis Orione decía ‘como un trapo’.”

Justamente así, “como un trapo” en las manos de la Divina Providencia. Don Orione es, para nosotros y para la Iglesia, para el Papa Francisco, modelo de hombre de encuentro (“vio a un hombre... Cuando estaba cerca de él”), hombre del sagrario (“el Señor me puso en los labios este pensamiento”), hombre de la calle (“partí... A cierto punto del camino...”), hombre de “oreja”, que sabe escuchar (“confesé hasta la una de la madrugada.  Estaba muy cansado”). Todo concentrado en el episodio del matricida que, sin embargo, revela otro detalle al que el Papa Francisco está muy atento. Don Orione es también “el hombre de las lágrimas” (“luego se levantó y me abrazaba y apretaba, siempre llorando... Yo también lloré y lo besé en la frente y mis lágrimas se confundieron con las suyas”).

Puede parecer raro y, para algunos, también un poco inusual, darse cuenta de que el Papa Francisco insiste en el tema del llanto y de las lágrimas: “Jesús en el Evangelio, lloró (...) Lloró en su corazón cuando vio a aquella pobre madre viuda que llevaba al cementerio a su hijo (...) Si ustedes no aprenden a llorar, no son buenos cristianos”. (Discurso a los Jóvenes, Manila, 18 de enero de 2015).


Son varias las referencias en este sentido, que se dan especialmente cuando está hablando al clero y a los religiosos. “Cuando a un religioso se le secan las lágrimas, hay algo que no funciona”, le dijo al clero y a los religiosos en Nairobi (26/11/2015). Quiere decir que el religioso perdió “los sentimientos de Jesús” (cfr. Fil 2,5) y su corazón, “con el paso del tiempo” se endureció y se volvió “incapaz de amar incondicionalmente el Padre y al prójimo”. Y advierte: “Es peligroso perder la sensibilidad humana necesaria para llorar con los que lloran y alegrarse con los que se alegran” (cfr. Discurso a la Curia Romana, 22/12/2014). Por lo tanto viene la pregunta: “Dime: ¿tu lloras? ¿O hemos perdido las lágrimas? (...) ¿cuántos de nosotros lloran delante del  sufrimiento de un niño, delante de la destrucción de una familia, delante de tanta gente que no encuentra el camino?... El llanto del [religioso]... ¿Tu lloras? ¿O en [esta Congregación] hemos perdido las lágrimas?” (Cfr. Discurso a los párrocos, 06/03/2014)
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Don Orione, con su vida, dio una respuesta a esta pregunta: “¡Amor a las almas, almas, almas! ¡Escribiré mi vida con las lágrimas y la sangre!” (25/02/1939). Nos toca a nosotros “Ser hoy Don Orione”.


Si queres leer la carta entera, visita: http://www.donorione.org/Public/ContentPage/content.asp