martes, 11 de diciembre de 2012

“Llévale este dinero a Don Orione”



El episodio fue narrado muchas veces por Don Orione mismo.

“Un año, antes de 1900, debíamos pagar al Banco Popular de Tortona más de 25.000 liras por las deudas que teníamos, especialmente con el panadero. Aquel Banco es muy benemérito en Tortona y ayudó mucho también a los Hijos de la Divina Providencia. Era director entonces un cierto abogado Piolti, que me había prestado las 25.000 liras. Había pagado los intereses hasta que pude y luego se habían amontonado junto al capital. Ese abogado me mandó a decir que me quería mucho, pero que no podía dejar el documento en morosidad... Ustedes no comprenden todavía -¡felices de ustedes!- este término bancario, pero llegará el tiempo en que comprenderán, lamentablemente, lo que quiere decir “documento en mora o falto de pago”. Basta.. Debía pagar las 25.000 liras y algo más, el sábado; pero el vencimiento no regía sino hasta el lunes, el domingo descansaba.
Yo me encomendé entonces al Señor; cuando comprendí, que el Señor no me escuchaba, me encomendé a la Virgen. Ora y ora... Pero también la Virgen se hacía la sorda. Al ver entonces, antes de 1900, que también la Virgen se hacía la sorda, tuve una idea.
Mi madre me había dado sus aros de novia; pendientes, se sabe, de mujer pobre, tan pobre que, además de los pendientes, cuando murió, no me dejó más que un cajón con ropa blanca usada, de esa tela rústica, saben, que usaban una vez nuestros viejos. Pensé entonces en tomar esos aros y colocarlos en las orejas de la Virgencita de la Divina Providencia que tenemos en la capilla en Tortona. Subí al altar y, no se rían, le perforé las orejas a la Virgen... Pensaba entre mí: “¡Ahora nos escuchará!””


¡Tenía una gran fe! Oraba y oraba, oraba y oraba, oraba de día y oraba de noche, no hacía otra cosa más que orar. Era preciso que la Virgen se apresurara, pues el tiempo pasaba y el lunes se acercaba y me embargarían los pocos trapos para cobrarse las 25.000 liras. Pensaba entre mí: “Le he agujereado las orejas; espero que nos haya escuchado...” ¡Pero qué! La Virgen no escuchaba. “¡Es sorda la Virgen!”, pensaba. Tan sorda que no ha sentido ni siquiera cuando le he perforado las orejas para ponerle los pendientes”. Eran dos aros largos, como los que suelen llevar las mujeres paisanas. (...)
Llegó entonces el lunes, y yo oraba, oraba y... con la oración me nació en el corazón una gran confianza de que sería escuchado. Entonces era el portero de la casa aquel que ahora es el superior en Argentina, el P. Zanocchi, hombre de Dios, confesor del Cardenal Copello... Era hijo único y sus parientes le habían preparado ya la novia; pero él se había escapado de su casa dejando allí  a la novia. Se presentó ante mí y me dijo que quería hacerse sacerdote.
Yo lo ví tan delicado y vestido tan señorialmente, jóven distinguido, en suma, y pensé en probarlo, poniéndolo como portero; así pondría a prueba su vocación. Se volvió un modelo de religioso y ayudaba en la misa al  P. Cremaschi. Hacía su prenoviciado en la portería. Había venido para estudiar, y yo, ¿comprenden? lo puse a barrer...
Pero volvamos a  nuestra historia... Era ya lunes y yo esperaba que, de un momento al otro, viniese el empleado del Banco para el embargo de todos nuestros trapos. Entré en la capilla y me encomendé al Señor, a la Virgen y a las almas santas del purgatorio y un poco a todos los santos del cielo... Después fui a mi habitación.
Apenas llego allí, golpea a la puerta Zanochi y me dice: “Hay una señora que pregunta si puede ser recibida y quiere subir a toda costa y está ya por las escaleras. Está vestida de negro; y no me ha querido decir quién es: dice que es una bienhechora y que viene de Voghera...”
Como estaba prohibido para las mujeres venir arriba, le dije que iría yo. Pero, yo no había salido todavía de la dirección cuando ya me la veo cerca de la puerta y de inmediato la escucho lamentarse porque el portero no le había permitido subir.
Me dijo inmediatamente: “¿Don Orione, no tiene una habitación para darme?”. Respondí: “¿Una habitación para darle?”. Insistió: “Si, una habitación para darme, porque tengo aquí dentro de las medias 25.000 liras y debo quitármelas para poder sacarlas. Vendí el restaurante de la Colomba y recibí otro dinero y se lo he traído aquí a Ud... Había comprado el boleto -siguió contando-  y subí al tren para Turín, porque pensaba llevar ese dinero a la Obra de Don Bosco. Y, mientras el tren caminaba, saqué la corona del rosario y comencé a decirlo a las almas santas del purgatorio, para que me asistieran y me defendieran de los ladrones. ¡Comprenderá, con ese dinero en las medias de seda!... Y, mientras me iba encomendando a las almas del purgatorio, llegué cerca de Pontecurone y me pareció sentir una voz que decía: ¿Por qué ir hasta Turín? Podrías hacer más rápido y descender en Tortona y llevarle el dinero al ese pobre diablo de Don Orione.
Pero yo pensaba: ¡Quién sabe si ese Don Trotamundo está en casa!... y, si no está en casa, pierdo el tren y ¡quién sabe cuándo podré llegar a Turín! Cuando estuve cerca de Tortona, aquella voz se escuchaba con más insistencia y, cuando el tren se detuvo aquí en la estación, me pareció que una mano me obligaba a descender. Bajé y le pregunté al hombre del gorra rojo si el boleto me serviría todavía, porque debía hacer un trámite en la ciudad. El de gorra rojo me dijo que pase por la oficina que me pondría una firma y con ella podría proseguir el viaje. Pensaba entre mí que si Ud., que es un padre Trotamundo, no hubiese estado, iría a Turín, porque quería librarme de ese dinero...”.
Basta... fue a una habitación, se quitó las medias y luego vino y me contó  uno por uno veinticinco billetes de mil.
Cuando vi esa gracia de Dios, después de escuchar que ella había recitado el rosario y se había encomendado a las almas santas del purgatorio, se me hizo un nudo en la garganta y me puse a sollozar por la conmoción.



Fuente: DOLM. 1933 ss.

1 comentario:

  1. ¡¡¡providencia divina !!!, fé, mucha fé y oración. gracias npor compartir, padre facu
    ndo

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