martes, 9 de julio de 2013

El comienzo del Oratorio

Mario Ivaldi nos cuenta como comenzó el oratorio de Don Orione

 

“De niño iba con frecuencia, por orden de mi madre, a la sacristía de la catedral de Tortona. A la mañana tempranito, me dirigía allí para servir la santa misa a los distintos canónigos, entre los cuales recuerdo al P. Novelli, al P. Campi y al P. Ratti, que cada tanto me hacían algún regalo.

Una mañana temprano -estábamos en el año 1891 y yo tenía entonces doce años- me vino al encuentro en la sacristía un clérigo, con dos ojos negros, penetrantes: era el nuevo custodio, que luego supe que se llamaba Luis Orione, de Pontecurone. Y recibí de inmediato  de él  una medalla y una imagen sacra. Después de haber servido las santas misas, lo ayudé en la limpieza de los altares y la sacristía y, antes de volver a casa, me tomó de la mano y con buenas palabras me llevó a su pequeña habitación situada sobre la catedral, pasando por la escalera que conducía al campanario y al órgano tocado entonces, en las mayores solemnidades, por el maestro Giuseppe Perosi, padre del gran músico el P. Lorenzo.



El clérigo Orione sabía por cierto que yo no había desayunado; me dio un huevo duro, de los dos que tenía, un poco de pan, higos secos y, recuerdo muy bien, también una dulce y enorme castaña.

Después del frugal desayuno juntos, me hizo decir, de rodillas junto a él, las oraciones, invitándome luego nuevamente, con el permiso de mis padres, a su habitación a la tarde, después de la escuela, pues me ayudaría con las tareas.

Volví en efecto y, una vez terminado ese trabajo, me llevó de paseo al castillo. Recuerdo que tuve de él una buena impresión y hablé de ello con entusiasmo a mi madre la cual, la mañana siguiente, en la iglesia lo quiso conocer y recibió de regalo de él, por conocerla, una  imagen.

Lo de mi primer encuentro con Luis Orione era, precisamente, el primer día en el cual él desempeñaba el encargo de la custodia de la catedral. Yo lo escuché con el propósito inmediato de seguirlo, porque su voz caliente y persuasiva, su mirada penetrante, sus sabios consejos encontraron inmediatamente mi plena simpatía. Y desde entonces procuré cualquier ocasión para tener la suerte de verlo de nuevo. Por eso seguí su consejo de ir cada día a tomar clases; y si alguna vez faltaba, venía él a buscarme a casa. Una vez que conocí mejor la gran bondad y aprecié la sinceridad de Luis Orione, no lo abandoné más” (D.O. I, 637 s.).

El que escribe así es Mario Ivaldi, el muchacho del encuentro citado anteriormente.

Es verdad,  a ese encuentro Don Orione mismo le atribuyó más tarde el significado y el valor de un evento importante, como si en él se le hubiese manifestado definitivamente la configuración de una aventura que desde siempre le cantaba en el corazón y en la cual se concentraban desde hacía tiempo, mejor dicho desde siempre, no pocas ilustraciones superiores y, sobre todo, su incontenible ansia apostólica.

Al encuentro y a sus sucesivos incrementos, Luis Orione desde ahora en adelante le dará siempre el significado de fecha de nacimiento de su congregación. Es por esto que las biografías le dan gran relieve, también, con algún embellecimiento fantasioso.

El encuentro de la Cuaresma de 1892 tiene fuerza y valor de comienzo definitivo, digamos también “carismático”. Es la semilla puesta en el terreno desde hace tiempo preparado y que, seguramente, dará el fruto.

Mario Ivaldi, primer niño del oratorio


Como prueba, he aquí la narración del mismo Ivaldi, redactada muchos años después, en 1954, cuando todavía el recuerdo vivísimo mantenía intacta la fascinación también de los detalles de esa simplísima y extraordinaria  aventura:

“Iba en esa época a la doctrina en la Parroquia de San Miguel, de la cual era también monaguillo; tenía doce años. Allá me encontré con un cura catequista, del Seminario, de proporciones hercúleas, pero armoniosas, que el pueblo luego apodaba “el hermoso”. Un día, por una de mis no esporádicas travesuras, ese seminarista, un cierto clérigo Luigi Gatti, me arrimó, con santa razón, un sonoro bofetón, que me hizo silbar los oídos. Disgustado, tomé entonces una decisión: no poner más los pies en la parroquia, transfiriéndome únicamente a la catedral, para prestar sólo allí mis servicios como monaguillo. Fue precisamente aquí que, moviéndome entre bancos y armarios y en el ir y venir de los canónigos, se me acercó un clérigo, de mirada viva y penetrante y sonrisa afable. Era el sacristán, el amigo clérigo Orione al cual le dije que a la doctrina en San Miguel no iría nunca más: él trató de persuadirme: pero yo estaba obstinado en mi decisión... Entre tanto, para calmarme, él me llevó a su habitación, ubicada en la bóveda grande de la catedral, donde me dio, lo recuerdo siempre, un plato de castañas secas cocidas y un racimo de uvas pasas, conservado en una pequeña estera.

Después de saciarme, me acompañó con mi madre y, ese mismo día, de acuerdo con el párroco de San Miguel, decidieron que el clérigo Orione me daría la doctrina. Lo que él hizo a diario. Entre tanto, me había encariñado tanto con él que, salvo a la hora de las comidas, estaba continuamente en su compañía.

Un día me dijo: “Escucha Mario, quisiera conocer a tus compañeros, porque deseo formar un pequeño círculo u oratorio; ¡y luego verás cuántas obras lindas haremos!...” De inmediato lo contenté, llevando a su habitación a Toni Giovanni, los hijos del maestro Fiorone, los hermanos Battista y Oreste Remotti, Bagnasco Romolo, Paolo Ferrari, luego jefe de la tipografía San Giuseppe de Don Orione, y otros de los cuales se me olvida el nombre.

Después de conocerlos, preparó para todos, una merienda que fuimos a consumir el día siguiente, bajo un árbol cerca de la llamada “Tomba di Zambruno”, pero después de hacer una competencia, propuesta por él, de carrera veloz, en la cual recuerdo que llegué primero y tuve como premio una pluma para escribir en la cual estaba encastrada una lente tal que, al mirar de contraluz, se observaba en el interior un santuario.

Así, después de mí, otros jóvenes comenzaron a frecuentar la pequeña habitación de Orione, transformándola a medida que pasaba el tiempo en escuela, en gimnasio y en sala de juego; y así se formó el primer núcleo. De allí nació la congregación con cientos de obras desparramadas por todas partes. Pero yo fui el primero, y eso, para mí, es más que un título de nobleza. Lo he hecho anotar expresamente en mi credencial de ex- alumno y me presento  a todos con este blasón tan caro para mí” (D.O. I, 64l).






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