martes, 17 de noviembre de 2015

Oración a María, celeste fundadora



            ¡Ave, oh María, llena de gracia, intercede por nosotros!


           Recuerda, Virgen Madre de Dios, mientras estás en presencia del Señor, de hablarle e implorar por esta humilde Congregación tuya, que es la Pequeña Obra de la Divina Providencia, nacida a los pies del Crucifijo, en la gran semana del Consummatum est.[1]
 



            Tú lo sabes, oh Virgen Santa, que esta pobre Obra es Obra tuya: Tú la has querido, y has querido servirte de nosotros, miserables, llamándonos misericordiosamente al altísimo privilegio de servir a Cristo en los pobres; nos has querido siervos, hermanos y padres de los pobres, vivientes de fe grande y totalmente abandonados a la Divina Providencia.
 

             Y nos has dado hambre y sed de almas, de ardientísima caridad: ¡Almas! ¡Almas! 


            Y esto en los días que más recordaban al desangrado y consumido Cordero, en los sacros días que recuerdan cuando nos has generado en Cristo, sobre el Calvario.


            ¿Qué hubiésemos podido nosotros, sin Ti? ¿Y qué podríamos, si Tú no estuvieses con nosotros?


            Entonces, di: ¿a quién iremos nosotros, si no es a Ti? Y ¿no eres Tú la meridiana antorcha de caridad? ¿No eres la fuente viva de aceite y bálsamo, la celeste Fundadora y Madre nuestra? ¿Tal vez no es en Ti, oh Bendita entre todas las mujeres, en la que Dios ha reunido toda la potencia, la bondad y la misericordia?


            ¡Oh sí: en Ti misericordia, en Ti piedad, en Ti magnificencia, ¡en Ti se reúne lo que en criatura hay de bondad!


            Sí, sí, ¡oh Santa Virgen mía! Todo lo tienes Tú, y todo lo puedes Tú, ¡lo que Tú quieras!


            Nel nome della Divina Provvidenza, 155.




[1] Referencia a la Semana Santa.

jueves, 22 de octubre de 2015

Yo tengo 64 años, pero todavía estudio


            Don Orione, consciente de la importancia de una buena formación teológica, envía algunos seminaristas de la Argentina a profundizar sus estudios en la Universidad Gregoriana de Roma.
            Por medio de ellos hace llegar a todos una carta sobre la importancia del estudio de la Teología.
            Para hacer el bien, para llevar la luz de la Revelación a los hermanos, es necesario que los sacerdotes estén teológicamente bien cimentados. Ciertamente no deben hacerlo por vanagloria. Será necesario que los estudios desemboquen en la oración y en la caridad. Pero es necesario estudiar para ser idóneos en la misión de “llevar a los pequeños y a los pobres a Jesucristo y a su Iglesia”
            Con orgullo puede afirmar: “Yo tengo 64 años, pero todavía estudio y con gran fervor, casi todos los días, un poco de teología y alguna otra materia sagrada”. Una lección de vida también para nosotros.



¡Almas y almas!
Buenos Aires, 29 de septiembre de 1936.


Mis queridos seminaristas:
¡Que la gracia de Dios y su paz estén siempre con nosotros!

Son las 18 hs. y a las 20 hs. de esta noche algunos óptimos seminaristas argentinos partirán en el "Conte Biancamano" para ir a estudiar en la Gregoriana.
Me sirvo de la bondad de ellos y les mando mis saludos y los de estos hermanos de ustedes en Cristo. 


Gracias a Dios, aquí están todos bien, y espero que la presente los encuentre ya en Roma, reanimados en la salud y en el espíritu.
Mis queridos seminaristas, están en la vigilia de un nuevo año lectivo, y eso me da el argumento para una saludable consideración. ¡Están de nuevo en Roma! ¡La Divina Providencia es tan buena madre con nosotros, sus pequeños hijos! Pero nosotros debemos hacernos cada día más merecedores de sus gracias con la santidad de la vida y el cumplimiento exacto y fiel de nuestros deberes. Ahora entre estos, ustedes lo saben, viene primero, después de la virtud, el estudio de las disciplinas sagradas, para los sacerdotes y seminaristas el estudio de la teología, ¡estudio para nosotros principal y para ser cumplido con el mayor empeño!
Todos los nuestros, si fuese posible, deberían conocer profundamente la teología, ya sea la moral como la dogmática: están ligadas juntas y una la ilustra a la otra.
Y es una cosa importantísima y verdaderamente confortante que los estudios teológicos vayan retomando el antiguo vigor, y no sólo el antiguo, sino ese nuevo que es reclamado por los tiempo; de modo que la teología  es de esperar  vuelva a ser tan respetable a los ojos de la presente sociedad para poder influir de modo útil sobre ella y sobre todos los otros estudios, también profanos.
Ésta, ciertamente, es la razón que llevo a nuestra pequeña Congregación, mis amados seminaristas, a afrontar grandes sacrificios para lograr abrir y mantener en Roma esta casa para el estudio de la santa teología, a los pies mismos de la Santa Sede y bajo su vigilancia.
Porque nuestra Congregación desea, y firmemente quiere, que se formen no sólo en espíritu de verdadera y fervorosa piedad, sino en espíritu de romanidad,  que les mantenga el corazón ardiente y unido con Nuestro Señor Jesucristo y con su Vicario en la tierra  y en el estudio de esa ciencia que eleva y nos lleva a conocer siempre más a Dios, para amarlo mejor y para hacerlo conocer mejor y hacerlo amar por el prójimo.
Llamados por la misericordia del Señor para ejercitar, bajo las directivas de la Iglesia, el apostolado de la Caridad, el estudio de la teología los favorecerá intensamente para ejercitar con más fruto la caridad y llevar a los pueblos y a los pobres a Jesucristo y a su Iglesia.

¡La teología es para nosotros el estudio de primera y absoluta necesidad! No es sólo un estudio importante, sino de primera necesidad; es el estudio de la ciencia divina y cuando es hecho con vivo empeño, cuando es hecho con intención recta, pura y santa de la gloria de Dios y de la caridad del prójimo, sirve inmensamente para santificarnos: eleva la mente al Creador, nos hace humildes, nos lleva a la oración, nos alivia, nos hace cantar y glorificar al Señor, se hace verdadero y dulcísimo amor de Dios. Los sacerdotes son los depositarios de la ciencia de Dios; pero ¿cómo podremos tener este sagrado depósito, y hacer partícipes de él a los demás?, ¿cómo será nuestra misión  si no anteponemos, para su adquisición, el estudio necesario?
Las mejores reglas de conducta son hoy, diría, insuficientes para el ministerio sacerdotal, si la buena y casta vida no se secunda con el estudio, si no se secunda con la ciencia propia del estado sacerdotal. Y en los religiosos, me atrevería a decir que se requiere más.
"La ciencia en un sacerdote, decía San Francisco de Sales, es el octavo Sacramento de la jerarquía eclesiástica”.

 Yo tengo 64 años, pero todavía estudio y con gran fervor, casi todos los días, un poco de teología y alguna otra materia sagrada.
Y concluiré. Pero, no se envanezcan, mis amados seminaristas, porque están estudiando en la Gregoriana, no se envanezcan por los estudios, sino, en humildad, den gracias y gloria a Dios, del cual vienen todos los bienes y todas las luces. La ciencia no vale sin la virtud, sin la humildad, la pureza, la caridad.

Hagan mucha oración y terminen en Dios todos sus estudios: unan siempre el estudio a la oración. ¡Recen por mí, recen mucho!
Los saludo a todos, desde el Señor Director al más joven de ustedes.
Ruego al Señor los asista y bendiga a todos y a cada uno.
Reciban los saludos fraternos de todos los nuestros.
Suyo con afecto en J. C. y en la Ssma Virgen.

Sac. Luis Orione d. D. P



“Toda la Escritura está inspirada por Dios, y es útil para enseñar
y para argüir, para corregir y para educar en la justicia”
(2 Tim 3, 16)


Fuente: "Sembrar a Jesucristo" del P. Vicenzo Alesiani

 

miércoles, 7 de octubre de 2015

Don Orione, el santo de los terremotos


Hace unas semanas, Chile sufrió un nuevo terremoto 8.4 magnitud Richter. El epicentro fue en la región de Coquimbo. Muchas personas en momentos como estos piensan en Dios y piden su ayuda. Don Orione es considerado el santo de los terremotos ¿por qué? acá te contamos su historia en dos grandes terremotos acontecidos en su país.


Terremoto y tsunami en Messina

En la mañana del 28 de Diciembre de 1908, se produjo un excepcional movimiento de tierra, seguido por un tsunami en la ciudad de Messina, próxima al estrecho siciliano. Los muertos ascendieron a ochenta mil. El temblor había durado solamente 37 segundos.

Don Orione se enteró de la noticia por los diarios, al día siguiente del desastre. Buscó ansiosamente detalles de la inmensa tragedia, Sentía un irresistible llamado interior que le parecía provenir de los desconocidos supervivientes, necesitados de todo.

Partió, confiado en la Providencia, con un solo programa: Convertirse en padre de los huérfanos. Todos lo vieron, desde la mañana a la noche, con su andar rápido, recorrer la ciudad en ruinas, ayudando y consolando, sin descansar, pasando de una obra de caridad a la otra.

Cuando el cuerpo estaba extenuado se recostaba en un establo, en la pesebrera, acompañado por dos animales.

Estaba desecho, extenuado, pero siempre dispuesto a acudir ante el gemido del herido, el estertor del moribundo, el llanto de un niño y en todo lugar donde reinase la desventura, siempre obedeciendo las órdenes del que dirigía, o convirtiéndose en organizador donde la necesidad lo requiriese, sin descansar. 


 
Terremoto en Avezzano

El 13 de Enero de 1915, a las 07,55, en gran parte de la Mársica – una región al sur de Italia – un enorme estruendo, entre ráfagas de viento huracanado, sembró el pavor en la población que recién comenzaba sus diarias labores.

El temblor, se produjo de abajo hacia arriba, y duró menos de un minuto. La ciudad de Avezzano fue arrasada hasta los cimientos. Hubo 30.000 muertos. Otras ciudades y aldeas del entorno fueron también destruidas o afectadas en parte.

Don Orione se instaló en el centro de la ciudad, en plena plaza, en una carpa que debía servirle como auxilio urgente, ambulancia, cuartel general y dormitorio.

Sirvió para todo, fue suficiente para todo, si bien en los momentos en que afluían en mayor número los salvados y los huérfanos, decidió dejarles todo el lugar a ellos.

Armado de una manta, se refugiaba bajo un alero medio derruido, en forma de cabaña. Allí dormía.

Un testimonio ocular afirma:”En medio de la muerte y del desorden, se movía un humilde Sacerdote, un santo, surgido entre los humildes y los pobres para los humildes y los pobres. Llevaba dos niños, uno en cada brazo, y, por donde pasaba dejaba orden, esperanza y fe en aquel desbarajuste y desesperación”.

Su investigación apuntó enseguida hacia los huérfanos. Cinco mil niños habían quedado solos. 



El automóvil del Rey

En una curva del camino que sube a la montaña, un Sacerdote pequeño y mal parado encabeza a un grupo de niños salvados de los tugurios o de las ruinas. En la carretera, tres automóviles detenidos, escoltados por Carabineros, esperaban el regreso del Rey Víctor Manuel, que inspeccionaba los escombros, acompañado de su séquito.

Los autos estaban libres, los chicos temblaban de hambre, frío y aprensión. El sacerdote se acercó a uno de ellos, abrió con resolución la puerta del vehículo y acomodó en él a sus pequeños protegidos.

Los Carabineros llegan corriendo. Hay un intercambio de peticiones, explicaciones y prohibiciones. Pero el Cura no se inmuta y sigue cargando a los niños. Se produce un forcejeo con los Carabineros agitados y desesperados.

“¡Éste el automóvil del Rey!”, explican.

“Está bien, pero los pequeños tienen urgencia de todo y debo llevarlos a Roma. ¿Cómo puedo hacer? ¿Dónde está el Rey?”

Don Orione va, saluda, explica y pide. Víctor Manuel accede y le agradece su preocupación por los huérfanos. Partida triunfal de los niños asombrados, junto con su salvador.




¡San Luis Orione, ruega por nosotros!



Fuente: www.donorione.cl



martes, 22 de septiembre de 2015

Un extraño adorno

Un acuerdo de venta de la casa oblaticia en Tortona (la futura casa madre de la Obra) entre el Obispo y Don Orione que deseaba adquirirla, fue hecho el 4 de mayo de 1904.
Se acercaba siempre más la fecha en la cual el colegio Santa Chiara debía ser dejado libre. Don Orione hizo la solicitud a la comuna para poderse quedar todavía, en parte, para el año escolar 1904-1905; se le concedió sobre todo para que, entre tanto, pueda proveer de otro modo.


El Obispo, por su cuenta, aún después del acuerdo de mayo precedente tenía temor: necesitaba dinero para el nuevo seminario de Stazzano, pero no confiaba en Don Orione al que sabía en gravísimas dificultades financieras; además, para alienar la casa oblaticia necesitaba el permiso de Roma. Se debatía por eso en la incertidumbre, en ese enero de 1905.
Nuestro fundador buscaba entre tanto ayuda un poco por todas partes para ofrecerle al obispo las garantías necesarias. Sabemos por una carta al P. Sterpi, del 30 de enero de 1905, que Monseñor Bandi le había dado facultades -pero sin todavía haberle cedido definitivamente la casa-  de sobre elevar el plan de medios, y que la benefactora de la Obra, señora Zurletti de Alessandria, estaba dispuesta a ofrecer una suma por la casa (veinte mil liras), con tal de comprar en Tortona, donde transferir el colegio después de haber dejado el Santa Chiara. Le había escrito:
“Ilustrísima señora: se acerca un poco de tribulación para los hijos de la Divina Providencia, pero que sea alabado el Señor también por esto. Cuanto antes deberíamos dejar completamente libre el Santa Chiara... Yo confío precisamente que el Señor y la Virgen santísima no nos abandonen a la rabia sectaria de pocos...”
Don Orione rezaba y hacía rezar. Confiaba, sin límite de amor, en la Virgen. Finalmente, el 14 de junio de 1905 escribía al P. Sterpi: “ Hoy, con la gracia del Señor, compré la casa oblaticia por veinticinco mil liras, a condición que, cesando de ser párroco el P. Milanese -un sacerdote oblato que permaneció allí hasta 1934- la iglesia sea agregada a la congregación. En tres meses debo pagar y hacer instrumento...”
Con un escrito del 4 de julio de 1905, el santo Padre Pío X le concedía al obispo de Tortona venderle a Don Orione la casa en las condiciones establecidas.


Era necesario entre tanto pensar en las cinco mil liras que añadir a las veinte mil ofrecidas por la señora Zurletti. El pago se debe hacer el 20 de octubre.
La Providencia quiso que, en aquellos días, un sacerdote amigo suyo, el P. Zanalda, entonces capellán en Santa María de la Versa, le rogara aceptar en el Santa Chiara a un jovencito.
El 12 de octubre de 1905, Don Orione, respondiéndole desde Roma, le advertía que aceptaba a su recomendado más le rogaba que pagara algo: “¿Sabes por qué te digo esto? Porque he comprado, como habrás escuchado, la casa oblaticia por veinticinco mil liras... Pero ahora me encuentro en un gran lío, pues me sentía seguro de la palabra de un sacerdote que me daría las cinco mil liras, además de las veinte mil. Ahora en cambio me falta, o, al menos por ahora no puede. Y te digo verdaderamente, que me encuentro en graves  fastidios. Es por eso que digo que, si apenas el niño puede pagar, lo que pueda que lo pague...” Era demasiado fácil leer entre estas líneas. El P. Zanalda le ofreció la suma tan necesaria y algo más. Don Orione estaba de fiesta (...).
También en esta circunstancia Don Orione quiso demostrar que era la Virgen la que lo obraba todo, y lo hizo de un modo verdaderamente orionino, antes de entregar la suma a Mons. Bandi.
Hizo adornar la casa en todas partes, redujo a capilla reluciente de antorchas y flores la habitación más amplia que tenía a disposición, no todavía del todo libre del andamiaje de los albañiles -la que ahora está frente a la última escalera, antes de entrar en la enfermería- e invitó a Mons. Novelli a hacer de celebrante en la función  de la tarde.
“En aquellos meses, añade Don Orione, habían terminado los trabajos de adaptación y elevación de un plano de un piso de la casa apenas comprada. Al principio del año escolar 1905 - 1906 debían ser inaugurados.
Hice colocar, entre el armazón y las vigas no del todo quitadas, el cuadro de la Virgen del Buen Consejo que nos había sido donado por el mismo Mons. Novelli y que luego se mandó a San Remo... Pegué los billetes de mil, mejor los dividí en dos partes para que bastaran, y los dispuse como una corona alrededor del cuadro.
En ese tiempo era mirado con desconfianza por todos los del clero: venían solo Mons. Novelli y Mons. Carlo Perosi; los demás me huían.
Vino Mons. Novelli; cuando estuvo delante de la Virgen del Buen Consejo, él vio todo ese dinero que tapizaba el cuadro... Quedó maravillado, y en la escuela de teología en el seminario creyó bien narrar de la visita hecha a la casa de la Providencia y del dinero visto  de modo que, aunque quedaban deudas, la opinión del descalabro por quiebra se disipó...” (DOLM. 98 -101).


martes, 8 de septiembre de 2015

Nos has dado, oh maría, hambre y sed de almas



 A días de visitar Itatí y su Santuario (el 29 de junio de 1937), Don Orione escribía estas lineas sobre María. En ellas son una filial oración y un verdadero proyecto de vida cristiana.


¡Ave, María, llena de gracia, intercede por nosotros! Tú has querido servirte de nosotros, miserables, llamándonos misericordiosamente al altísimo privilegio de servir a Cristo en los pobres; has querido que fuéramos servidores, hermanos y padres de los pobres, viviendo de gran fe y totalmente abandonados en la Divina Providencia.

            Nos has dado hambre y sed de almas, ardentísima caridad: ¡almas, almas!

         ¿Qué hubiéramos podido hacer nosotros sin ti? ¿Qué podríamos hacer si Tú no estuvieras con nosotros? Por lo tanto, ¿a quién iremos, si no es a Ti?

            ¿No eres Tú la meridiana luz de caridad? ¿No eres la fuente viva de aceite y de bálsamo? ¿No es en Ti, bendita entre todas las mujeres, donde Dios ha reunido toda la potencia, la bondad y la misericordia? Sí: "En Ti la misericordia, en Ti la piedad, en Ti la magnificencia; en Ti se reúne todo lo que hay de bondad en la criatura". ¡Sí, sí, santa Virgen mía! Tú lo tienes todo y "Tú puedes todo lo que Tú quieres".

            Por lo tanto, desciende y ven a nosotros; corre, oh Madre, porque el tiempo es breve. Ven e infúndenos una profunda vena de vida interior y de espiritualidad. Haz que nuestro corazón arda de amor a Cristo y a Ti.

            Haz que veamos y sirvamos a tu divino Hijo en los hombres; que con humildad, en el silencio y con anhelo incesante conformemos nuestra vida a la vida de Cristo; que lo sirvamos con santa alegría y con gozo espiritual vivamos nuestra parte de la herencia del Señor en el misterio de la Cruz. ¡Vivir, palpitar, morir a los pies de la Cruz o en la Cruz con Cristo!

            Da a tus hijitos, Beatísima Madre, amor, amor; ese amor que no es terreno, que es fuego de caridad y locura de la cruz.

            Amor y veneración al "dulce Cristo en la tierra"; amor y devoción a los Obispos y a la Iglesia; amor a la Patria, así como Dios lo quiere; amor purísimo a los niños, a los huérfanos y a los abandonados; amor al prójimo, particularmente a los hermanos más pobres y que más sufren; amor a los rechazados, a los que son considerados como restos, desechos de la sociedad; amor a los trabajadores más humildes, a los enfermos, a los inhábiles, a los abandonados, a los infelices, a los olvidados; amor y compasión por todos: los más alejados, los más culpables, los más adversos, todos; y amor infinito a Cristo.




            Danos, María, un ánimo grande, un corazón grande y magnánimo, que llegue a todos los dolores y a todas las lágrimas. Haz que seamos verdaderamente como nos quieres: los padres de los pobres.

            Que toda nuestra vida esté consagrada a dar Cristo al pueblo y el pueblo a la Iglesia de Cristo; que ésta arda y resplandezca de Cristo y que se consuma en Cristo, en una luminosa evangelización de los pobres. Que nuestra vida y nuestra muerte sean un cántico dulcísimo de caridad y un holocausto al Señor.

            ¡Y después... después, el santo Paraíso! Cerca tuyo, María, siempre con Jesús, siempre contigo, sentados a tus pies, ¡oh Madre nuestra, en el Paraíso, en el Paraíso!

            Fe y valor: ¡Ave María y adelante! Nuestra celestial Madre nos espera y nos quiere en el Paraíso. Y será pronto.